Esta pandemia brutal que sufrimos ha permitido darnos un hermoso lujo que, con la anterior “normalidad”, nos había sido esquivo, acaso  porque dábamos mayor prioridad a otros menesteres, aquellos que exige el diario vivir. Me refiero al disfrute de la lectura. Hoy mismo leo la extraordinaria novela titulada “La sombra del viento” del español  Carlos Ruiz Zafón, fallecido recientemente -en forma prematura-  a la edad de 55 años. Al referirse en su obra magistral a uno de los protagonistas, le identifica como “labia de feriante”.  

Me pareció una definición  simpática, pero no menos mordaz: lo cataloga como un personaje de no confiar y menos de fiar. Viene como anillo al dedo esta especie o forma  de recordatorio para empezar a curarnos en salud de los cuenteros y oportunistas, que aparecen cuando menos se nos ocurre, pero que salen de sus escondites tenebrosos con mayor asiduidad en época de elecciones.

Desde que tengo uso de razón me interesó la cuestión política, por influencia de mi papá, Dr. Trajano Naranjo Jácome; liberal de toda la vida, fue el gobernador más joven de la provincia de Cotopaxi, con apenas 27 años, luego Diputado, entre otras funciones públicas. Estuvo siempre cercano a los líderes de esta vertiente ideológica que profesaba y defendía  la libertad en toda su expresión. 

En las campañas de la época, aparecía el típico y curioso candidato denominado criollamente “chimbador”. A más de inofensivo, este simpático personaje -sin aspirar al triunfo-  alegraba la contienda, frente a los políticos de profesión que mantenían duros, durísimos enfrentamientos de tipo ideológico: liberales versus conservadores; velasquistas versus poncistas; comunistas y socialistas, versus todo el mundo…

No aparecía aún, al menos con la dimensión que  se los conoce e identifica actualmente, el politiquero, aquel individuo labioso, iluminado y mesiánico, que trata de sacar provecho para alzarse luego con lo que encuentre a su paso. Las próximas elecciones y consultas populares a realizarse,  son de tal naturaleza vitales para la nación, que hay que escuchar la palabra y propuesta  de aquellos candidatos responsables que exhiban programas serios, realizables y de interés general. 

Como menciona mi padre en sus “Lecciones de Urbanidad”, hay que tener muy presente “la influencia que ejerce la palabra adecuadamente empleada”, evitando aceptar, sin beneficio de inventario o cuestionamiento, las tesis contenidas en discursos vacíos,  muy propio de lisonjeros y zalameros. 

Entonces, queridos conciudadanos: mucho ojo con los “labia feriantes” en época de elecciones, de aquellos personajes siniestros, demagogos y populacheros que venden al pueblo ilusiones, y, al propio tiempo, comercian con sus anhelos y necesidades. ¡Qué tarea más trascendente les toca  enfrentar a los líderes de verdad! 

La República requiere soluciones de largo aliento, que vayan más allá de la simple coyuntura,  para lo cual se imponen acuerdos en cuestiones  sustanciales ¿Será mucho pedir a los líderes que consideren suscribir en momento oportuno una especie de  “Pacto de la Moncloa”, o parecido a  “La Concertación”, que sacó de dificultades políticas -casi insalvables-  a España y Chile, respectivamente? Abriguemos la esperanza de que así sea por el bien del país.(O)