Se acercan elecciones y ya se oye sobre posibles candidatos para alcaldes, concejales, prefecto. Algunos incluso ya se están promocionando como los elegidos y como los únicos con la capacidad para salvar al cantón y a la provincia. En las calles de nuestra ciudad, en las conversaciones de amigos, en el seno familiar se barajan nombres de posibles candidatos; se emiten juicios sobre la idoneidad de unos y también sobre la no probidad de otros (justificadas o no en sus apreciaciones, pero ya es el centro de discusiones).
Frente a esta realidad es necesario hacer algunas reflexiones sobre la acreditación que deberían tener estos personajes. Me refiero a acreditación en el sentido de calificación, solvencia, competencia de una persona para desenvolverse en determinada función. Estas características podrían ser dadas por la academia (en el mejor de los casos), así como también por la autoformación; en las dos circunstancias debería ser lo suficientemente comprobado.
Hace varios años un columnista de un periódico nacional, habló acerca de que los asambleístas deben tener un título académico de alto nivel con conocimientos que respalden las funciones que les ha encomendado la sociedad. Como ya se mencionó, se acercan las elecciones de autoridades seccionales y es el momento de volver a insistir en que todos los “políticos” que deseen alcanzar tan honrosas designaciones deberían tener una formación de alto nivel en esta profesión, arte, oficio, ocupación (como quiera llamársele) que es la responsable de orientar y dirigir el destino de los pueblos. Pero la realidad es otra y resulta cómico que “nuestros políticos” no son los formados para tan digna y alta ocupación; al contrario probablemente son los menos idóneos y calificados para estos menesteres.
Dentro de los movimientos y partidos se escoge al más popular, al más gritón, al que más habla, al que más dinero tiene (incluso algunos pagan para ser candidatos). En nuestro medio incluso hay casos de resentidos que al no ser escogidos, se desafilian y pasan a otros movimientos en donde puedan lograr sus intereses. Nuestro nivel político es tan bajo que terminamos eligiendo para distintas dignidades a los “más populares”, personas que no están capacitadas para ejercer las funciones para los cuales fueron designados. Los resultados son obvios: reyes de la troncha y del acomodo, campeones de los acuerdos y alianzas bajo la mesa, todo en beneficio personal, de su familia o de su grupo. Así es la democracia dirán algunos, así lo han hecho todos los que han llegado al poder dirán otros.
Profesores, arquitectos, abogados, ingenieros, médicos, dirigentes gremiales y de organizaciones sociales, cantantes… todos los ciudadanos tienen el derecho a ser elegidos; pero absolutamente todos, si es que hay esa opción, tienen el deber y la obligación de formarse políticamente, para que puedan ser llamados POLITICOS (con letras mayúsculas) y cumplir con esa sagrada misión.
La responsabilidad de esta formación es individual, es de los partidos y movimientos políticos y es particularmente responsabilidad del Estado. Sólo de esta manera se lograrán seres con una formación política y moral integra, que distingan claramente la diferencia entre lo conveniente y lo correcto y de esta manera se constituyan un referente para el resto de ciudadanos.
La responsabilidad de elegir es sin embargo de toda la ciudadanía, para lo cual es necesario conocer sus antecedentes, hojas de vida, trayectoria laboral, familiar y personal. Con esos elementos tendremos la ´posibilidad de discernir y diferenciar entre capaces e incapaces, realistas y demagogos, veraces y farsantes.
La tarea es difícil pero no imposible y ahí está el reto.(O)
Es mi palabra.

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