Desde muy pequeños, mi padre nos enseñó a reciclar. Teníamos varias cajas estratégicamente distribuidas en la casa para clasificar papel, cartón, latas, botellas plásticas y bolsas plásticas. Adicionalmente, separábamos desechos orgánicos e inorgánicos, procurábamos reducir el consumo de agua, luz y siempre que había la oportunidad desistíamos de comprar con bolsas plásticas. Fue tal su convicción y ejemplo, que dichos hábitos los hemos mantenido hasta ahora, independientemente del lugar en el mundo en el que nos encontremos.
En mi caso, ya en Chile, tuve la grata experiencia de confirmar la noticia que tanto se compartía en redes sociales. Hace un año, este país dio el ejemplo al ser la primera nación en Latinoamérica en prohibir el uso de fundas en supermercados y grandes tiendas. Todos esos meses se estima que se evitó la entrega de 1.000 millones de bolsas plásticas que corresponderían a 7.350 toneladas que seguramente irían a parar en océanos, ríos y botaderos.
Impresiona que la gran mayoría de la población, aproximadamente un 95%, está de acuerdo con esta medida y se ha adaptado al cambio. Ahora, cada persona lleva consigo varias bolsas de tela para comprar en el supermercado o las tiendas departamentales. ¿Y si se olvida? Se pueden adquirir bolsas reutilizables por un valor aproximado de $0.75 y si no llevar los productos comprados literalmente en la mano. ¿Le ha costado a la gente adaptarse? Tal vez al principio, pero lo hace porque es la ley y está consciente que beneficia al medio ambiente.
Intento imaginar esta medida del Gobierno Chileno a la realidad del Ecuador, analizando si algo así sería posible en nuestro país. Sin el afán de perder la objetividad y caer en el drama, sospecho tristemente que no; primero se harían presentes las empresas fabricantes y vendedoras de plásticos reclamando por sus negocios y después la gente cuestionaría la dificultad del proyecto, muy pocos serían los que sí aceptarían el cambio y ante esto las autoridades cederían a favor de la mayoría como las anteriores ocasiones lo han hecho.
Hasta que un verdadero cambio suceda a nivel nacional, sirve de aliciente saber que algunas ciudades ya han despertado y están tomando acciones al respecto. Me alegra decir que Latacunga también se incluye; hace pocos días veía con mucho gusto cómo EPAGAL a través de una interesante campaña está motivando el reciclaje de botellas plásticas, la reducción de fundas y el uso de los tradicionales canastos que apoya sin duda a los artesanos de nuestra ciudad.
Anhelo que acciones como éstas se repliquen en otras ciudades, pero por sobre todo generen conciencia en la gente y cambien su estilo de vida. Es importante recordar que las bolsas plásticas tienen un periodo de utilización de hasta 15 minutos, mientras que toman más de 400 años en descomponerse en el medio ambiente. ¡Así que antes de salir de compras animémonos a llevar la bolsita de tela o el canasto! (O)