Desde la dolarización, hace ya 20 años, el costo de producción en nuestro país se dolarizó, y de ahí en adelante todo incremento ha sido permanente. Anteriormente, estos eran compensados ágilmente con la devaluación monetaria, hasta que llegue una nueva devaluación, y así sucesivamente. Este ejercicio de esconder las debilidades de nuestra economía, se acabó con la dolarización. Para agravar las cosas, el modelo político experimental del Socialismo del Siglo XXI, estableció un cierre de la economía, elevando aranceles, impuestos, tasas y contribuciones, de manera tal que se afectaron casi todos los bienes que producimos para exportación y especialmente para consumo local.
Como resultado de estas cargas a la producción local, los costos se dispararon al punto de encarecer en más del 25% la producción local en comparación de Estados Unidos de América, descontando la inflación de ese país, a pesar de haber adoptado su moneda. Es decir, perdimos la competitividad frente a ese país y mucho más frente a otros países, pues el dólar se ha fortalecido en estas dos décadas. Ahora nos encontramos frente a grandes desafíos con la firma de acuerdos de comercio con economías orientadas al crecimiento de sus exportaciones, como Europa, Chile, Perú y México.
Ecuador es un país eminentemente agrícola, y por tanto sus mejores oportunidades o problemas se vinculan al agro. Siendo un país diverso, con condiciones para cultivar infinidad de productos tropicales hasta de altura. La agricultura de la Costa se ha orientado principalmente a productos exportables como banano, cacao, frutas, café. También produce caña de azúcar y maíz para consumo interno. Mientras que la Sierra ha dedicado su esfuerzo a la producción de alimentos para consumo local, con importantes excepciones como las flores y broccoli.
La provincia de Cotopaxi destina la mayor parte de su territorio a la actividad agrícola y pecuaria para el mercado local. Los productos se producen con métodos rudimentarios, carentes de tecnología, dando como resultado productos costosos, irregulares y sin valor agregado, que merecen bajos precios en el mercado local, sin oportunidades ciertas de exportación por los altos costos. Es así como se llega a un círculo vicioso que se repite una y otra vez, acentuando la pobreza de la población rural que vive de hacer producir la tierra.
Con motivo de la apertura comercial, es necesario advertir esta situación y tomar acciones contundentes que nos permitan “rescatar” el potencial del sector agropecuario, para ofrecer un futuro promisorio a la población afectada. Para mañana es tarde. Es imperativo construir una hoja de ruta para enfrentar la situación. No solamente con motivo de la apertura, sino porque han pasado muchos años de contemplación de los problemas, sin buscar soluciones efectivas.
El primer paso debe ser un diagnóstico claro del problema. Esto debe construirse conjuntamente con los propios actores, que son quienes han vivido con angustia dando la cara a la pobreza día a día, sin ayuda de los poderes centrales. La clave estará seguramente en las estructuras obsoletas que ha conservado el Estado para proteger su propia situación económica, creando cargas y trabas a la producción. Esto se resuelve desmontando esos obstáculos hasta el punto de equiparar las condiciones de trabajo con los países que vamos a enfrentar.
Los productos agrícolas y agropecuarios no deben tener cargas tributarias directas ni indirectas, para equiparar los costos de producción al resto del mundo. Mientras que la tecnología debe incorporarse en el agro y así aspirar a los índices de productividad de los mejores. Los cambios toman tiempo, pero no hay camino más largo que el que no se empieza a recorrer. Si se puede.
¡EMPRENDAMOS EL CAMINO! (O)