El agua es, sin temor a equivocarnos, el elemento más crítico para que el ser humano pueda sobrevivir en el Planeta Tierra, cuya superficie está ocupada en 75 % por este líquido vital, mientras que 80 % del recurso en tierra firme se ubica en acuíferos subterráneos. Una propiedad peculiar del agua sobre la superficie, es que esta aumenta su valor en la medida que pueda mantener “altura”, debido al peso específico que genera fuerza motriz mientras desciende hacia niveles inferiores, pudiendo ser aprovechada para generar energía mecánica o hidroeléctrica. Particular importancia tiene esta observación en las zonas montañosas como nuestra región interandina.

Dicho esto, reflexionemos sobre el uso que se le da en el mundo, empezando por el uso humano que naturalmente tiene primera prioridad. Basta analizar el consumo per cápita en cualquier ciudad de nuestro país, para comprobar que el promedio excede en dos o más veces el consumo, que la OMS determina que no debería exceder 110 litros por día para todas sus actividades. La capital ecuatoriana consume en promedio 220 l/d, lo cual determina un desperdicio superior a 300.000 metros cúbicos por día o 3.500 litros por segundo. Mientras que las zonas de recarga hídrica está siendo destruidas para abrir espacio a la “civilización” que busca desesperadamente tierras aptas para la agricultura. Es fácil entender lo que nos espera un poco más adelante.

Desde otra óptica, vale meditar sobre la “calidad” de agua para consumo, que los Gobiernos Autónomos Descentralizados Municipales nos entregan, con ayuda de sistemas obsoletos de distribución, que jamás han sido auditados técnicamente para determinar la afectación que puedan causar al agua que conducen. El COOTAD determina, con criterios políticos perversos, que los 221 Municipios que existen, asuman la competencia exclusiva de dotar de agua “potable” a sus habitantes. Lo perverso consiste en endosarles tamaña responsabilidad y dejarles a su suerte para que rebusquen de donde sacar los recursos que no han sido entregados en proporción a las necesidades del territorio. Las consecuencias se observan en la deficiencia crónica que todos los Cantones tienen en su infraestructura.

El tercer ángulo para comprender el problema, se refiere a la “calidad” de agua que recibimos, que no solamente debe llamarse potable, sino cumplir con la norma NTE INEN-ISO 5667-5 y demás normas complementarias. Al respecto, el COOTAD establece el Derecho de todo ciudadano a disponer de este líquido vital y ejercer control de manera colectiva, lo cual ha pasado por desapercibido en la población, limitándose a buscar atención de los Municipios de manera clientelar. La consecuencia es falta de planificación, carencia de fuentes de financiamiento adecuadas para atender esta compleja competencia y errática forma de enfrentar el abastecimiento en cantidad y calidad. Las empresas de agua pasan la vida remendando sistemas obsoletos. Apenas se tocan estos temas en campaña.

Finalmente, este “servicio” que proveen los GAD Municipales son remunerados por medio de “tasas” normadas en el COOTAD, que no pueden exceder el costo de dotación del servicio, y deben ser establecidos contablemente y distribuidos entre los usuarios aplicando la “política redistributiva” para que los que menos capacidad económica tienen, paguen menos y sean objeto de la solidaridad de quienes tienen ingresos superiores. Nuevamente, letra muerta que no se cumple. El precio se manipula políticamente y no cubre los costos  de operación y mucho peor los de inversión y control de calidad. Gracias a lo cual, se desperdicia el agua de manera irresponsable, con lo cual podemos advertir problemas a corto plazo. La sumatoria de estos problemas nos alertan que cualquier día podemos vernos cara a cara con un colapso de la provisión.

¡DESPERTEMOS A LA REALIDAD! (O)