Alan Cathey

En 2020, en plena pandemia, se produjo un conflicto armado entre Azerbaiyan y Armenia, con cientos de muertos, y la intervención de Rusia para detener la guerra, con la interposición de un contingente de 2000 soldados. Fue evidente la superioridad militar de Azerbaiyán demostrando un importante fortalecimiento de sus fuerzas armadas.


Turquía había equipado al ejército azeri con armamento moderno, entrenándolo en su uso. Durante el conflicto, Turquía apoyó incondicionalmente al régimen azeri de Ilhan Aliyev, abasteciéndolo, además del apoyarlo diplomáticamente.


Debemos mirar la historia para encontrar los hilos de las complejas telarañas en las relaciones políticas actuales. Tanto Azerbaiyán como Armenia, formaron parte de la Unión Soviética hasta su disolución en 1992. En Armenia, la religión dominante es el cristianismo, predicado por los apóstoles Judas Tadeo y Bartolomé. Como dato curioso, el primer reino del mundo en adoptar el cristianismo como religión oficial, fue el armenio, allá por 300 dc. Azerbaiyan es una sociedad islámica, mayormente shiita, (85%), con un 15% de sunitas. Los orígenes étnicos son también distintos, ya que Armenia está habitada por pobladores de antiguo origen indoeuropeo, que hablan un idioma de esa fuente. Su presencia data de miles de años atrás.

El idioma azeri es de la familia túrquica, con cercanías al turco e  influencias del persa y del árabe, y se habla a raíz de la penetración y conquista turca, alrededor de 1300. Sobre la base caucásica se sobrepuso una migración de pueblos turcos, que penetraron la región, donde se volverán dominantes, originando el Imperio Otomano más adelante. Durante la expansión rusa, iniciada con el zar Iván III, abuelo de Iván el Terrible, el enemigo ruso fueron los invasores turco mogoles, que conquistaron extensas zonas de la actual Ucrania, Crimea y el hinterland entre el mar de Azov y el lago Baikal, y el borde oriental del Mar Negro. La guerra de reconquista rusa se extendió hasta el siglo XVIII, y Rusia fue siempre la campeona de los reinos cristianos de Armenia y de Georgia. Tras la disolución del Imperio Soviético, Azerbaiyan y Armenia proclamaron su independencia, enzarzándose casi en seguida en un conflicto armado por la región de Ngorno Karabaj, de población armenia, pero administrativamente azeri, reconocida por la opinión jurídica internacional. En ese conflicto, Armenia estableció su dominio sobre el área en disputa, algo nunca aceptado por Azerbaiyan.


La población armenia no llega a 3 millones, y Azerbaiyan tiene 10. Es un importante productor de gas y petróleo, eje de su economía. Su PIB es cuatro veces mayor que el armenio, diferencia sustancial tratándose de un conflicto prolongado. Tanto Azerbaiyan como Armenia fueron parte del Imperio Otomano, con fortunas distintas, pues el gobierno turco, ante unas posibles simpatías armenias por Rusia, tras desarmar a los soldados armenios en su ejército, deportó a cientos de miles de civiles armenios, obligándolos a una “marcha de la muerte” de cientos de kilómetros, hacia el desierto sirio, para exterminarlos. Turquía fue pionera en aplicar el genocidio como política de estado, en un siglo XX en que hallaría numerosos émulos.


Las noticias informan de la reanudación del conflicto. Por la geopolítica regional, parece obvio quien lo habrá reanudado. Si en 2020 Rusia logró detener la mano de Azerbaiyan y Turquía, muchas cosas han cambiado. Se habrá evidenciado para Azerbaiyan, que la tradicional postura pro Armenia de Rusia, difícilmente podrá mantenerse, en lo militar al menos, dadas las dificultades rusas en su “operación especial” contra Ucrania, cuando más bien es ésta quien está obteniendo unos éxitos que pocos habrían creído posibles hace 6 meses. Con las manos ocupadas por Rusia en ese escenario, parecería improbable que pueda brindar un apoyo muy firme a Armenia. Si se añade el giro geopolítico ruso, alejándose de sus raíces europeas tras la agresión de febrero pasado, favoreciendo sus vínculos con Asia Central, con Irán, y con China, resulta improbable que Rusia se juegue muy a fondo por la cristiana Armenia. Con Rusia e buscando armas y municiones debajo de las piedras, pensar que enviará apoyo militar a Armenia, luce difícil.

De hecho, Armenia se volvió una piedra en el zapato del Kremlin, pues inevitablemente le genera unas tensiones que no quisiera lidiar con esos nuevos aliados que está cultivando para su viraje hacia Oriente. Para todos los fines prácticos, y aunque sea doloroso y hasta trágico, Armenia está sola en este conflicto, y sus opciones son muy limitadas. La UE está buscando fuentes alternativas al gas y petróleo rusos, y una de esas es Azerbaiyan. Poco sentido tendría para Europa, antagonizar a un potencial
socio estratégico, pues debe impedir a toda costa que el descontento abra paso al extremismo en casa. La campanada sueca ha sonado fuertemente, y los 8 mil millones de m/3 de gas azerí, son muchos metros cuando falta el gas ruso. Parecería entonces que no hay razones para que Azerbaiyan detenga sus operaciones y concluya lo que quedó pendiente en 2020, la
reincorporación de la zona del Alto Karabaj al país. Ojalá los ancestrales odios religiosos y étnicos, no deparen nuevas tragedias a un pueblo que ya las ha sufrido en demasía. (O)