Los gobernantes de la antigua Roma crearon la estrategia de ofrecer al pueblo pan y circo para lograr obediencia, confianza y especialmente mantenerlo alejado de los asuntos que debían reservarse al círculo político. Los políticos contemporáneos han comprendido perfectamente esta enseñanza y la aplican con precisión. El circo romano se puede ver representado conceptualmente en las calles de nuestras ciudades, aunque ha cambiado el pan por otros placeres y el circo con otros comediantes.
No es casualidad la ocurrencia de eventos festivos que convocan al pueblo a las calles para que, en algarabía, se distraiga con otros placeres mundanos, mientras se olvida de su triste realidad, que en muchos casos es causada por el propio PRIOSTE de la fiesta gratuita que ofrece a sus mandantes como retribución por el perdón y olvido que espera. Estos eventos son frecuentes en buena parte del año, pues se escuchan las notas de Tierra Latacungueña desde septiembre hasta noviembre, para pasar a villancicos hasta el fin del año, en que se hacen los preparativos para carnaval, luego vendrá día de la madre, día del padre, hasta la siguiente ronda.
Ciertamente que el pueblo tiene pleno derecho a distraerse y relajarse de las tensiones que vive día tras día para salir adelante. El problema sería que quien promueve este ritmo de festividades y lo financia de forma obscura, dedica buena parte del tiempo a estos menesteres, cuando se ha comprometido a cumplir una función pública que debería demandarle tiempo y dedicación completa. No se observa la misma dedicación para organizar la fiesta, que para enfrentar los reclamos de los pobladores insatisfechos, que a cambio reciben respuestas irrespetuosas, desprecio y hasta ofensas por el ejercicio de su derecho legítimo a atención de sus requerimientos.
A la actitud festiva de la cabeza visible del gobierno local, se suma un comportamiento cómplice de colaboradores de libre remoción, especialmente, que se preocupan en complacer a su caudillo y así mantener el honroso cargo. Los recursos públicos gastados en tanta fiesta, no siendo legal que se destinen del presupuesto institucional, deben ser justificados con transparencia, pues “la mujer del César no solo debe ser honesta, sino parecerlo”. Cada festividad debe tener sus justificativos, aun siendo aportes de terceros, para despejar toda duda sobre su origen e intencionalidad. Por lo demás, los espectáculos públicos deben ser debidamente planificados, para salvaguardar la seguridad de quienes participan en ellos, como de quienes no lo hacen.
Con motivo de la fiesta mayor de Latacunga, se han venido organizando las Jochas y demás preparativos que concluirán el tres de noviembre, en que la ciudad será visitada por algunas decenas de miles de turistas entusiasmados en participar en una fiesta única, de la cual seguramente han escuchado hablar mucho. Los personajes han encabezado los preparativos. Confiamos en la seriedad de sus declaraciones públicas de mantener a esta fiesta al margen de los intereses políticos.
La Mama Negra de noviembre es una emulación de la celebración folklórica de septiembre en honor a la Virgen de las Mercedes y los personajes ajenos a ella, como autoridades y políticos, deberían limitarse a disfrutarla desde una tribuna, absteniéndose de participar con poncho y sombrero que no debería tener espacio junto a los personajes principales, secundarios, danzantes, músicos y comparsas. Debemos defender y demandar respeto a lo que le pertenece al pueblo. Todos los visitantes serán siempre bienvenidos dentro del marco del respeto a nuestro patrimonio cultural que debe ser preservado por encima de intereses ajenos al interés popular. Disfrutemos en sana algarabía y rechacemos la oferta demagógica de PAN Y CIRCO PARA EL PUEBLO.(O)

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