Terminadas las celebraciones y luego de haber gozado dos fines de semana larguísimos y seguidos, por dudosa decisión gubernamental, al haber decretado descanso obligatorio los días 24 y 31 para el sector público y privado, en momentos en que hace falta más bien trabajar más y mejor, volvemos a la realidad y corresponde prepararnos para lo que viene.
Más del 85% de personas que gozan de un empleo “adecuado”, es decir que tienen estabilidad, superan el salario mínimo, tienen afiliación al IESS, reciben sobresueldos y vacaciones pagadas e inclusive 15% de utilidades en el campo privado, laboran en el sector privado. Lamentablemente, apenas el 40% de las personas en edad de trabajar, de quince años en adelante, tienen ese privilegio de estabilidad. En resumen, únicamente 3.2 millones de personas generan por sobre la remuneración básica, para mantener un país de 17 millones de habitantes. ¡Escalofriante realidad!
El Estado ha financiado el crecimiento económico durante los últimos once años, mientras dispuso de los recursos NO permanentes del petróleo y la capacidad de endeudamiento que eso le abrió. Pasamos de tener un presupuesto de $5.000 millones a $37.000 millones, es decir un gasto DIARIO de $100 millones. Terminada la fiesta de despilfarro de más de $300.000 millones, nos han quedado deudas a pagar por más de $60.000 millones, con alto costo y a corto plazo. No existe posibilidad de que el Estado siga auspiciando el crecimiento, pues ni siquiera le alcanzan los recursos para pagar las deudas contraídas, los subsidios y el gasto burocrático.
Siendo realista, es evidente que debemos resolver dos problemas de fondo: ¿quién va a financiar el crecimiento económico aspirado? y ¿Cómo corregimos las distorsiones en el sector público para evitar vivir de endeudamiento e impuestos?
Sobre lo primero, debemos voltear los ojos a la inversión privada, nacional y extranjera. Ecuador tiene excelentes condiciones naturales que le hacen atractivo, pero las condiciones culturales NO son competitivas. Pueden y deben modificarse para ser más atractivas que otros países de la región, por lo menos.
En relación al Estado, no hay duda que técnicamente se requieren profundos cambios que definan su rol en el mundo moderno, alejándonos de ideologías y politiquerías obsoletas que han arruinado países hermanos y lejanos. Un Estado de tamaño proporcional a nuestra capacidad de tributar, que concentre sus escasos recursos en cubrir las necesidades primarias que aún son muchas, siendo efectivo controlador, pero dejando espacio para la iniciativa privada en todos los campos económicos.
Deberíamos declarar la guerra a la demagogia del Estado paternalista. Las decisiones deben ser tomadas más bien por técnicos que por políticos, con la participación ciudadana. Los políticos han fracasado por gobernar a espaldas del pueblo y optar por las decisiones que les conviene en lo personal, alejados de la construcción de un Estado sostenible que eleve el nivel de vida de todos sus habitantes. Hacer obras clientelares con recursos prestados para ser pagados con impuestos, en otra administración, es obsceno y debe ser desterrado de la gestión pública. Mientras que se despilfarran, corruptamente, en obras faraónicas, ingentes sumas de dinero que se requieren en áreas prioritarias como salud, educación y seguridad.
Al iniciar un nuevo año, con esperanza renovada por días mejores, es oportuno recapacitar en la situación del país y tomar decisiones postergadas por la manía de los gobernantes de engañar simulando que todo marcha bien, para cuidar su imagen. Tomemos al toro por los cuernos y respaldemos la toma de decisiones contundentes que cambien el rumbo de nuestra economía de una vez por todas. ¡Desterremos la demagogia y el populismo de nuestro ejercicio político!(O)

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