Pretenden mantenernos a un metro cincuenta centímetros de distancia para no contagiarnos ni contagiar con el coronavirus, contrariando al ejercicio social impuesto hace siglos; quizá hace miles de años.

Si bien es cierto, contamos con suficiente espacio terrenal para manejar esas distancias, el convivir diario nos impide que cumplamos ese ejercicio, a nivel personal o a nivel profesional.

El estrecharse las manos, el saludar topándose mejilla a mejilla, el besarse y el hacer el amor corren un riesgo grave: no poder hacerlo mientras se encuentre una vacuna o un tipo de curación a este mal.

Si es emergencia puede salir a calles, avenidas, plazas, mercados, parques y demás sitios públicos; en caso contrario, es obligación moral quedarse al interior de su casa, del tipo que fuere: suntuosa o básica, una casa demasiada humilde, pero en casa. Eso es.

Este rompimiento social no puede llamarse alejamiento, porque el rompimiento significa quiebra, abertura, desavenencia o, incluso, riña, y el alejamiento quiere decir poner lejos o más lejos.

Resulta difícil llegar a un rompimiento social con las personas que están a tu alrededor, con quienes has convivido desde hace años. No puedes quebrar, no puedes hacer una abertura y, peor, llegar a una desavenencia o riña.

Nos piden, entonces, poner distancia, poner lejos o más lejos al coronavirus, mientras las autoridades gubernamentales buscan dar atención al problema generado pretendiendo dotar  de comida, hospitales, equipos médicos, sanitarios, resoluciones, ordenanzas, leyes, fuerza pública y militar, mientras los líderes de las grandes potencias se reúnen con los mejores científicos del mundo y los directores de trasnacionales farmacéuticas, para monitorear el invento de una vacuna -si ya no la tienen inventada- o un tratamiento médico -si ya no lo tienen inventado- para curar el coronavirus y así salir de esta pandemia generada en China por fuerzas ocultas e impronunciables.(O)