A pesar de haber cumplido ochenta días del estado de excepción para combatir la pandemia, no podemos declarar que lo peor ha pasado en la provincia de Cotopaxi. El aislamiento decretado no se ha cumplido de forma rigurosa, especialmente en estratos de la población que no tienen condiciones para permanecer en su morada y tampoco cuentan con recursos para alimentarse, pues generan sus ingresos con la actividad laboral independiente u ocasional, que no han podido ejercer por orden de autoridad competente. Mientras que en la provincia de Guayas anuncian que los fallecidos por covid-19 han bajado a CERO por varios días consecutivos, luego de haber alcanzado un pico diario de CUATROCIENTAS SESENTA muertes por este virus, parece que la calma retorna y las condiciones permiten liberar las actividades públicas y privadas, en dirección hacia la “nueva normalidad”.

Entre estos dos extremos, es necesario analizar las condiciones en que vive cada una de estas comunidades, para no sacar falsas conclusiones. Debemos empezar por entender las cifras oficiales. Lo primero, es tener claro que estas cifras de contagiados únicamente reflejan aquellas personas que han sido sometidas a la prueba PCR, con lo cual los facultativos pueden diagnosticar si el paciente está contagiado del covid-19. Los resultados de las pruebas rápidas no son considerados en las estadísticas, pues son meramente referenciales, porque miden la presencia de anticuerpos que sugieren la presencia de un micro organismo extraño en el cuerpo, sin identificarlo.

De acuerdo a la estrategia de vigilancia sanitaria y atención hospitalaria, únicamente aquellos servidores públicos de primera línea como policía nacional, salud, municipios, bomberos y militares, de forma preventiva, son sometidos a las pruebas PCR para aislar aquellos que fueren positivos, evitando el contagio a ciudadanos u otros servidores públicos. Aparte de ellos, únicamente se realiza la prueba PCR a pacientes que por su estado clínico ameriten recibir atención hospitalaria, pues no podrían recibir  ningún tratamiento sin ser previamente diagnosticados. No es posible que reciba atención hospitalaria el paciente que no tiene diagnosticada su condición.

Al tres de junio, Cotopaxi alcanzó 526 confirmados y 63 fallecidos. El 12% de las personas contagiadas ha fallecido. Esta cifra es alarmante, comparada con la cifra nacional de 8.5% y triplica a la mayoría de países que han enfrentado lo peor de la pandemia. Concluiríamos que la atención de salud no es adecuada y están muriendo pacientes a su cuidado, o que el número de contagiados es muy superior a lo aceptado oficialmente. En cualquier caso, es preocupante esta relación.

Por otro lado, la capacidad de atención hospitalaria en el hospital general y en el del IESS es muy limitada para atender a todos los pacientes de Cotopaxi. La capacidad para cuidado “medio” ha sido ampliada con 70 camas improvisadas en el Coliseo Municipal, mientras que las escasas unidades de cuidados intensivos no llegan a veinte, con promesas de ampliación que no llegan. Aquí radica el punto de colapso que puede alcanzarse – con consecuencias funestas- como ocurriera en Guayaquil, provocando la muerte por falta de atención, aunque algunos de ellos pudieron haber fallecido a pesar de recibir atención adecuada.   

El epidemiólogo de la Dirección Provincial de Salud alerta que estamos en el lado ascendente de la curva y no es posible predecir cuándo llegaríamos al pico y podríamos empezar a descender. Entonces concluimos que no estamos en capacidad de atender un incremento de pacientes que requieran atención hospitalaria, pues llegado a su límite, estaríamos expuestos a vivir las dantescas escenas que vivieron nuestros compatriotas guayaquileños. Estamos a tiempo de detener el avance del virus, y no lamentar sus consecuencias.

¡NO PODEMOS ACELERAR EL CRECIMIENTO DE LA PANDEMIA!(O)