Las mudanzas suelen ser experiencias tediosas y nostálgicas. Es que en aquel trajín de embalar y empacar, resulta de lo más normal perder, romper y encontrar cosas…

Es en las mudanzas donde uno se percata de la cantidad de objetos innecesarios que estuvieron años de años en aquel rincón de la casa, quizá por apego, por la remota esperanza de alguna vez utilizarlos o porque incluso se nos olvidó que existían.

Se guardó en el cajón aquella prenda de vestir con la esperanza de usarla en algún momento especial que nunca se presentó y al final terminó descolorida o pasada de moda. Se guardan los típicos recuerdos de matrimonio y bautizo, que más allá de ser un adorno en la casa se mantienen por compromiso. Nunca faltarán las figuritas de porcelana china: vírgenes, santos, ángeles y jarrones de flores plásticas, en su gran mayoría regalos que aunque no nos gusten del todo se convirtieron en parte de la decoración.

Se guardan aquellos objetos que se despegaron o rompieron; creemos firmemente que con una buena mano de pintura, pegamento o alguna inspiración creativa tendrán una segunda oportunidad, algo que casi nunca sucede y al final se quedan arrumados en aquel rincón de la casa. Cosas y más cosas que se guardan en cajones, closets, escaparates, cajas y bodegas, llenándose de polvo y moho.

Las mudanzas son aquellos eventos que nos hacen considerar la energía, tiempo y hasta dinero extra que implica empacar aquellos objetos que no se usarán. Y es que desprenderse de las cosas, en ocasiones resulta todo un dilema; los recuerdos y el cargo de conciencia nos agobian. Lo cierto es que, con decisión y fuerza de voluntad, se puede decir adiós a aquellos objetos innecesarios, regalarlos o tirarlos de una vez por todas a la basura.

Al menos para mí las mudanzas han resultado un profundo proceso de aprendizaje. Después de una docena de situaciones en las que he tenido que embalar y empacar cosas, he comprendido que es necesario aligerar las maletas. Que aquellos objetos que se guardan a la espera de un momento especial deben ser usados en el presente, porque no hay certeza de lo que sucederá en el futuro. Que aquellas cosas que no se utilizaron en el primer año de existencia, difícilmente se usarán, pero pueden ser de utilidad para otras personas que sí las necesitan. Que el acumular objetos también implica un desgaste emocional y aunque no parezca el desprendernos de ellos incide positivamente en nuestra vida.  Al final somos las experiencias que vivimos y no las cosas que tenemos.(O)