El ser humano ha sido siempre un permanente buscador de aventuras, en su afán por conocer nuevas realidades y por cierto otras latitudes. Su intrínseca estructura social por naturaleza le ha servido para comunicarse y acoplarse a otros escenarios. En definitiva, es muy proclive a viajar y disfrutar de los placeres que le ofrece este mundo lleno de arte, bellezas naturales y atractivos de lugares con historia y cultura milenaria.

Varias empresas se dedican a buscar facilidades  al turista para que cumpla sus deseos: hoteles, restaurantes, líneas aéreas, agencias de viajes, etc. Todas cumplen un rol dentro de la cadena de servicios que se les ofrece. Ninguna de estas actividades están libres de la necesaria competencia en calidad, precios, atención. El usuario de hoy está mucho más inteligenciado que antes para saber escoger los servicios que más le conviene y se adecúa a sus expectativas y economía.

El llamado Airbnb ha cobrado un impulso increíble pues es el sistema que permite atender un nicho de mercado que no necesariamente está atendido por el sector tradicional hotelero; son usuarios que no requieren de otras atenciones que no sea solamente el alojamiento. Esto de por sí ha hecho que muchos usuarios migren a estas nuevas opciones.

El Ministerio de Turismo aspira reglamentar los alojamientos de inmuebles para uso turístico; para este efecto, ha “socializado” el respectivo borrador entre los respectivos actores y sectores interesados. Señala que este sistema funciona en varios países, señalando a entre otros a Colombia, Perú, Costa Rica, Estados Unidos, España. Se ha informado que al no existir el necesario consenso, ha resuelto suspender este proceso. Me imagino la cantidad y variedad de cuestionamientos que habrá recibido de lado y lado.

Airbnb es conocido internacionalmente como “un mercado comunitario que sirve para publicar, dar publicidad y reservar alojamiento en forma económica en más de 190 países, a través de internet…”. Este modelo de negocios se ha desarrollado mucho más en países conocidos por su vocación turística, vale decir, como una actividad complementaria a los servicios de hotelería tradicional. 

La secretaría de turismo ha manifestado que “no busca prohibir, sino regular estas actividades”. El problema radica en que la burocracia es tremendamente hábil para reglamentar todo, inventarse permisos, trámites, procedimientos, registros, informes previos, que lo único que consiguen es desalentar a todo aquel que quiera trabajar y emprender.

Es obvio que estos alojamientos, deberán contar con elementales condiciones de sanidad y seguridad mínimos, pero tampoco se puede extremar la regulación -como han manifestado-, exigiendo hasta qué color deben tener las sábanas. En general, la auto regulación es más valiosa, pues de su iniciativa dependerá que el usuario regrese y pondere sus virtudes a otros interesados.

Por fin, debemos advertir que las corrientes turísticas son como las corrientes de agua: buscan la mejor y rápida salida para seguir su curso, y no hay posibilidad de detenerlas. (O)