Luego de dos años de dura lucha para enfrentar el invisible enemigo que nos dejó una estela de dolor y muerte, todos queremos recuperar el tiempo perdido y retomar el camino hacia un futuro de prosperidad para nuestros seres queridos. El instinto de superación, junto a la vocación de trabajo, harán realidad el sueño de alcanzar una mejor calidad de vida. La naturaleza ha sido muy generosa en nuestro territorio y la calidad de seres humanos que lo habitan fueron escogidos con esmero.

Sorpresivamente, coincidiendo con el inicio de la campaña electoral para renovar los gobiernos seccionales, se escuchan las amenazas de paralización al más puro estilo de la política de barricada que imperó el siglo pasado, cuando no existían los múltiples canales de comunicación racional que se han desarrollado en la cuarta revolución industrial de la informática.  Inmediatamente, vuelven a nuestra mente los dolorosos recuerdos de la movilización de octubre 2019, que manchó con sangre las páginas de nuestra historia contemporánea.

Los autores intelectuales, desde la oscuridad, alimentaron el fuego con el combustible del odio entre hermanos, en busca de recuperar el poder a cualquier precio. El sector indígena asumió ingenuamente el papel de “frente de choque” a pretexto de reivindicar derechos conculcados desde la conquista española, poniendo el pecho y soliviantando a los jóvenes idealistas que no pueden controlar sus pasiones. Los verdaderos objetivos de quienes idearon la revuelta, pasaban por el imperio de la anarquía, buscando desestabilizar el Gobierno en funciones y entrar por la ventana para recuperar el poder que les permitió dilapidar más de 300.000 millones de dólares, fruto de la bonanza petrolera.

La verdad de estos acontecimientos nunca saldrá a la luz, gracias a la estratégica amnistía que fuera fríamente calculada y ejecutada con el apoyo de los flamantes legisladores que representan a los propios autores materiales e intelectuales de la revuelta conspiradora. La destrucción que causó este intento fallido, orquestado desde las altas esferas del SS XXI, rebasa los daños materiales que infringieron a la capital de los ecuatorianos. El daño se causó a los cimientos de nuestra endeble democracia, que por 42 años ha estado en manos de una fracasada clase política.

Estas dolorosas experiencias, que solo han conducido a profundizar las inequidades y alejar las soluciones racionales, consensuadas e incluyentes, deberían ser suficientes para desterrar estos métodos agresivos de alcanzar las aspiraciones de unos pocos, en perjuicio de muchos. La racionalidad debe superar a la imposición de criterios, vengan de donde vengan. La convivencia debe entenderse como la ordenada forma de reconocer el espacio que cada ciudadano tiene, adoptando decisiones por mayoría, en busca del bien común. Todas las opiniones deben ser respetadas, más no debe haber espacio para imposiciones, que atentan contra la democracia que estamos construyendo.

La acumulación de problemas que no han podido ser resueltos por la misma clase política que se rasga las vestiduras y busca culpables en sus opositores, es creciente, capitalizando el descontento de sus propios errores, para reciclarse y “volver por más” con mayor decisión. Para ellos, las clases marginadas deben mantenerse en la miseria, para que los discursos populistas tengan terreno fértil. No les interesa resolver los problemas, sino mantener la dependencia de los pobres con las migajas que les arrojen al paso. El TRABAJO es la única forma de salir del estancamiento. Deben pasar de la PROTESTA A LA PROPUESTA para consensuar soluciones sostenibles y reales para las grandes mayorías. No podemos seguir resolviendo los males con garrote en mano. Debe imperar la racionalidad para construir y no destruir. Somos país de paz. Debemos madurar.

¡NO A LOS ANARQUISTAS!