Después de haber conocido las heladas aguas del mar chileno, Francisco y yo anhelábamos volver a las playas ecuatorianas. Él necesitaba sol, mientras que yo quería comer todos aquellos platillos que en Chile no había podido encontrar.
Fue así que decidimos Cojimíes, un pequeño pueblo costero al norte de Manabí. Y es que a pesar de las precarias condiciones de aquella población en temas de vías y alcantarillado, algo que casi siempre va de la mano con la inacción de la autoridades, pesaban más las cosas buenas. Aquel paraíso oculto nos brindaba playas tranquilas y los más deliciosos mariscos.
Eran las vacaciones perfectas, durante los dos primeros días realizamos largas caminatas en la playa, nos sumergimos en las cálidas aguas del mar, disfrutamos de la gastronomía y fuimos de pesca… sólo nos quedaba pendiente ir a la “Isla del amor”, un lugar obligatorio según los locales y los blog de turismo.
Contratamos entonces a Daniel, un joven guía que trabajaba haciendo tours con su padre, y emprendimos un viaje de 10 minutos en lancha. Desembarcamos y según el trato, Daniel nos recogería después de 3 horas. Aquel lugar resultó más hermoso de lo que nos habían comentado. Aparentemente éramos los únicos en la isla, caminamos menos de un kilómetro, dejamos nuestras cosas en la arena y sin dudarlo entramos al mar.
Mientras disfrutábamos de aquellas aguas calmas y cálidas, a lo lejos vislumbramos a un hombre que se aproximaba. Nuestra primera reacción fue salir a la playa para vigilar de cerca nuestras pertenencias. Justo en el momento de salir, Francisco sintió un piquete en el pie. Pensamos en un principio que se trataba de un cangrejo, pero a medida que salíamos del agua el dolor le impedía caminar con normalidad.
Para cuándo llegamos donde estaban nuestra cosas, aquel hombre que vimos a lo lejos se acercaba a nosotros. Concluyó con tajante seguridad que a Francisco le había picado una mantarraya. Tomó su pie y con fuerza empezó a presionar hasta que sangrara aún más, decía que debía eliminar el veneno para así evitar los efectos posteriores de la picadura como calambres y náuseas. Para ese entonces yo había llamado a Daniel para que nos fuera a buscar de urgencia en la lancha. Francisco gritaba del dolor, mientras se apoyaba en el brazo de aquel hombre que nos trataba de tranquilizar. Aquellos 300 metros de caminata nos resultaron interminables y Daniel aún no aparecía.
El hombre, sin dudarlo, se ofreció llevarnos en su lancha. Él también era guía y se encontraba con un grupo de turistas que recién llegaban desde Mompiche. Mientras encendía los motores le explicaba a su grupo de turistas que nos llevaba de urgencia. Ellos sin dudarlo aceptaron y esperarían lo que fuera necesario.
Aun no entiendo cómo, pero cuando llegamos al puerto, tenían todo listo para recibirnos y realizar el tratamiento. En un restaurante nos esperaba un grupo de pescadores con un carbón encendido; lo sentaron e insistieron que expusiera el pie al calor. Ante la falta de compresas, el mismo hombre que nos auxilió al inicio, se sacaba la camiseta para calentarla en las brasas y aplicarla en la pierna de Francisco. Si bien el tratamiento ayudaba, el dolor seguía y Francisco muy pálido me decía que estaba a punto de desmayarse. De la nada apareció la dueña del local con agua azucarada, un pescador con un caramelo y el mismo hombre que nos ayudó al principio con unas pastillas que había comprado con su propio dinero.
Los pescadores decían que la parte más terrible ya había pasado, pero que no estaba por demás que llevará a Francisco al centro de salud. Tomamos entonces un moto taxi que los mismos pescadores nos recomendaron y emprendimos el viaje. Lo recibieron de urgencia; la encargada de turno le colocaba una inyección para el dolor mientras nos explicaba que el único médico en el centro estaba en otra urgencia y que debía comprar un medicamento porque no contaban con insumos.
Dejé a Francisco en aquella camilla, tomé nuevamente el moto taxi que esperaba fuera del centro de salud y emprendimos la búsqueda del medicamento. No fue tarea fácil, solo en la segunda farmacia y después de algunas cuadras pude encontrar aquellas ampolletas. Ya de regreso el conductor me daba ánimos e insistía que todo iba a salir bien.
Para cuándo llegué al centro, a Francisco le habían colocado una segunda inyección y había disminuido notablemente el dolor. La misma encargada, fue quien colocó el medicamento que en cuestión de minutos hizo efecto. Aquella cordial mujer nos acompañó a la salida, mientras se disculpaba por la falta de insumos. Allí se hacía todo lo que estuviera al alcance, de hecho ella era asistente de odontología y hacía la mayor parte del tiempo de enfermera.
Sin duda esta experiencia nos deja varias enseñanzas. Mucho más allá del mal rato, nos quedamos con la solidaridad de aquel hombre, a quién nos dijeron que se llamaba Pablo, que no dudó un minuto en dejar de lado su trabajo con tal de ayudarnos; en la compresión del grupo de turistas; en la amabilidad y apoyo de aquellos pescadores; en la generosidad de la dueña de aquel restaurante en facilitarnos los recursos de su local; en la positividad del chofer del moto y en la bondad de aquella asistente en el centro de salud que a pesar de las condiciones siempre estuvo pendiente de nosotros.
Estos ángeles en la playa, nos demuestran que aún existen personas bondadosas y solidarias, que a pesar de las circunstancias están siempre prestos a dar la mano. Francisco y yo estamos eternamente agradecidos, sin duda volveremos en una próxima ocasión a este paraíso escondido llamado COJIMÍES. (O)