Como nunca este dicho nos convoca a la reflexión. Esta vez iniciaremos el año con elecciones locales que, a la fuerza, definirán nuestras vidas la próxima media década. Se vuelve urgente utilizar este tiempo de descanso para enterarnos de cuanto más podamos sobre los candidatos que hay en el menú.
Por supuesto, no es tarea fácil en una provincia con más de cinco mil candidatos registrados. Sin embargo no es inútil, al menos, desterrar a los aparecidos y reducir nuestra paleta de opciones.
También dificulta la elección el hecho de haberse perdido las fronteras entre las principales tendencias políticas. Ya no sabemos cuáles mismo son de izquierda y cuáles de derecha. Más allá de ello, las definiciones se han perdido, cuando el nuevo socialismo no ha respondido a las necesidades administrativas y morales de nuestra nación; y cuando la derecha minúscula no tiene una base material de industria y productividad sobre la cual trabajar sus principios.
El panorama político en nuestro país está agotado. Si regresamos a nuestras ciudades, no es diferente. Llegamos al punto de encontrar, entre los postulados este año, al pana borrachito, al sapo de siempre, al corrupto contumaz que pretende seguir viviendo de la cosa pública y al joven novato que aún guarda en su interior la fuerza, pero le falta la sabiduría.
Lo que más lastima, en el caso de nuestra provincia, es ver cuántos buenos ciudadanos faltaron en las listas, y cuántos buenos elementos de nuestra sociedad fueron tomados en cuenta solo para rellenar la papeleta. Si, esta vez veremos jóvenes valiosos entre las opciones; pero no necesariamente están en posición real de ganar esta elección, sea por estar en un chaupipartido o por habérseles ubicado muy abajo en la papeleta. Otros, los que faltan, no alcanzaron a cumplir las aptitudes sucias que la política actual requiere, o simplemente fueron discriminados por condiciones o preferencias personales.
Sin embargo, hay que ver a este proceso electoral en su magnitud histórica: es el momento adecuado de dar un cambio de timón. Cambiar gobiernos locales en medio de una transición desde un poder casi absoluto es, cuando menos, decisivo en la vida del país. Esta vez no estamos eligiendo personajes, sino mucho más: de estas elecciones depende el mapa de la política de los próximos 10 o 15 años. Estamos frente a un punto de no retorno, un momento que puede cambiar el delicado sistema de pesos y contrapesos del correato y elevarnos hasta una democracia más real, o sumirnos en el más oscuro caos social.
Por lo pronto, les dejo adelantado algunas conclusiones a que voy llegando: para empezar, reelegir no es una opción, sea cual sea la dignidad de la que se trate. Es obvio: si no pudieron antes con un país mejor dotado, tampoco podrán mañana, cuando enfrentamos severos escenarios económicos. Además, durante los últimos años la sombra de la corrupción lo cubrió todo y es saludable mandar a guardar a quienes estuvieron en su momento. Si, posiblemente se desperdicien algunos buenos hombres y mujeres, pero su sacrificio es necesario.
Creo además que estas elecciones, siendo difíciles, nos obligan a pensar un poco más allá: en alrededor de dos años elegiremos asambleistas. Estos asambleistas tendrán que fiscalizar a nuestros elegidos gobiernos locales. Por tanto, se vuelve urgente recuperar antiguas estructuras organizacionales como los barrios, a fin de que nuestros futuros asambleistas provengan de nuestra realidad y necesidades.
Se vienen momentos difíciles. Pero más aún, períodos definitorios. O reaccionamos hoy, o sacrificaremos la generación de nuestros hijos, tal como erraron nuestros padres.(O)

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