Estamos a pocas horas de que se baje la bandera para dar inicio formal a la más concurrida lid electoral que ha vivido el Ecuador. El CNE reporta en Cotopaxi la inscripción de nada menos que 3424 aspirantes a ocupar la Prefectura Provincial, siete alcaldías con sus cabildos y 33 juntas parroquiales. Bien podríamos buscar reconocimiento en los Records de Guiness. Aproximadamente la mitad son hombres y la mitad mujeres. A nivel nacional contamos con la escalofriante cifra de 280 organizaciones políticas, de las cuales un 10% participarán en la provincia de Cotopaxi.
Alarmante realidad, cuyo origen no es muy claro. Sin embargo, se puede colegir que la motivación no sea ideológica, puesto que no existen tantas ideologías. Más bien tenemos la presunción de que se trata, en su mayoría, de empresas electoreras que tienen por objeto llevar al poder al fundador, caudillo o líder que lo representa, que en muchos casos es autodenominado como tal. Complicado panorama para los electores, pues: 67% no tiene interés en la política; 54% no se inclina por las corrientes de izquierda ni de derecha; 70% quiere un líder fuerte; 50% quiere que las decisiones sean tomadas por expertos; 61% prioriza el medio ambiente sobre la política; 60% no tiene un empleo adecuado; 60% le preocupa mucho dar buena educación a sus hijos; 63% se identifica con la religión Católica.
Las competencias están definidas en el Código Orgánico de Ordenamiento Territorial, Autonomía y Descentralización desde hace casi nueve años, a pesar de lo cual, los ciudadanos no han asimilado la organización política que allí se define y en su mayoría formulan pedidos de toda clase a las autoridades que ahora elegirán. Los ofrecimientos no tienen límite, que no sean el de la imaginación de los sonrientes candidatos, que no se aventuran a informarle al peticionario que tal solicitud no le compete a su función.
Los planes de trabajo, que obligatoriamente se deben presentar ante el Consejo Electoral, no reflejan los ofrecimientos generosos que se exponen con vehemencia y suenan hasta realizables y creíbles en el campo de batalla política. Tampoco se esgrimen cuestionamientos por parte de los fieles seguidores que se limitan a vitorear a sus candidatos y ratificarles lo acertado de sus promesas. La mayoría silenciosa no participa de los mítines que, con una mezcla de música, banderas, camisetas, caras felices y el mayor número de vehículos haciendo la mayor bulla posible, se realizan con los ‘aportes voluntarios’ de los feligreses que dicen sostener el dispendioso gasto electoral.
Las redes sociales son la nueva arena en que miden fuerzas los contrincantes, haciendo uso de múltiples adelantos tecnológicos que van desde imágenes retocadas, al punto de hacer irreconocible al candidato, pasando por sentimentales relatos bien adaptados para la ocasión, videos de las ‘multitudes’ que le aclaman y pueden morir de angustia en caso de lograr el ansiado triunfo, hasta agresiones de todo tipo, directas e indirectas, ocultas en personajes y páginas ficticias que solamente confunden al gran público, que termina desconfiando de todos y alejándose de esos sitios virtuales que finalmente se limitan a los interesados en la política agresiva, en donde los perdedores serán todos los participantes.
Es lamentable que se privilegien los discursos y promesas, la mayoría carentes de sustento y credibilidad, eludiendo debates de altura, los análisis expuestos a contradictores calificados que puedan ratificar las bondades de los planes o exponer sus falencias y debilidades. Todos los esfuerzos deberían orientarse a conseguir un voto de convicción por méritos, abandonando la demagogia y el populismo. Compitan en buena lid. ¡Les esperamos en la línea de llegada! (O)