Adoro la polémica, disfruto discrepar y aprendí a discutir con ideas las posiciones disímiles a las mías, como les he contado tengo amigos en diversas líneas políticas e ideológicas, este jueves anterior como parte de la Cumbre Iberoamericana de Comunicación Política en Quito en la que fui ponente, tuve el gusto de departir con personas como Pabel Muñoz, Javier Orti, Sofía Merino o Mónica Banegas por ejemplo, con todos de forma cordial y compartiendo nuestros conocimientos sobre la materia, así como las inquietudes que pudimos ir teniendo en cada una de las conferencias.

            ¿Por qué le cuento esto? Porque la semana pasada mi artículo “indígenas vs. Indígenas” causó mucha polémica y en las redes sociales recibí ataques de parte de usuarios que solo por el título de mi artículo de opinión me adjetivaron de todo lo que Usted se pueda imaginar, me atacaron sin haber siquiera leído el documento y algunos -que sí lo hicieron- me recriminaban diciendo que debería sumarme a los pedidos indígenas por pertenecer a una minoría también vulnerada, de hecho, llegaron a prohibirme (como si pudieran hacerlo) que acuda al Desfile del Orgullo GLBTIQ+ de Quito este 30 de julio.

            Y eso desnuda la realidad de un país en el que con frecuencia se ataca al mensajero y no al mensaje y eso es lo que impide los acuerdos, para muestra varios botones:

            El artículo en mención hablaba de la discrepancia conceptual entre 2 indígenas, ambos profesionales universitarios y dirigentes de sus comunidades, Segundo Leonidas y Luis Alfonso, al primero le dijeron redentor, al segundo chulquero y no me compete definir que calificativo es correcto, prefiero centrarme en las ideas de cada uno, discrepar con el que bajo el discurso de izquierda acumula millas de viajero frecuente y elogiar a aquel que con un manejo responsable ha permitido que miles de indígenas tengan créditos productivos y que otros tantos mestizos podamos ahorrar con confianza nuestros ingresos en la cooperativa que dirige.

            Se me dijo “oligarca”, “blanquito ese”, “de apellido raro” y unos cuantos epítetos adicionales que por respeto a Usted no repito hoy, pero que tampoco me hacen mella, me siento orgulloso de ser el tataranieto de un caldero, migrante, analfabeto, que llegó al lomo de mula a San Felipe con su familia y que debió huir de las luchas políticas en Italia en camino a Sudamérica, al que le fue mal en Buenos Aires, debió subir a Ecuador para asentarse en Guaranda y después llegar a Latacunga para buscar el pan en base a su talento con los metales.

            Y no, no soy oligarca, vengo de una familia de clase media, donde papá y mamá trabajaron largas jornadas, vivimos con modestia pero orden, sabiendo el valor del dinero y por encima de todo el de la unión familiar, de haber aprendido a conocer este país por carretera; pagué mi carrera universitaria en base a la beca que por excelencia académica tuve y un préstamo personal que el antiguo IECE me concedió, el que pagué en 3 años tras mi graduación; mi maestría en idénticas condiciones, buenas notas y préstamos me permitieron obtenerla; la segunda (que inicio este mes) igualmente, aprovecho la beca por rendimiento académico que obtuve y financiamiento; si Dios quiere, el Doctorado tendrá que ser por las mismas, estudiando mucho y financiando el pago.

            Va siendo tiempo ya de que las ideas se ataquen con ideas, no con bravuconadas personales, porque eso nos hace pelear aún más, nos impide construir puentes, llegar a acuerdos básicos y establecer caminos seguros para el tránsito de la sociedad, cuando quieran hablar de conceptos aquí estoy, cuando quieran atacar al mensajero, no cuenten conmigo. (O)