Hace algunas semanas tuve que realizar un tramite en la plataforma gubernamental de Quitumbe; por tiempo y tráfico la opción más adecuada para llegar desde Latacunga era tomando un bus. La experiencia resultó bastante agradable, coincidí con un bus nuevo y la selección de película para el viaje fue excelente.
Todo marchaba de maravilla, hasta unos cuantos minutos para llegar al terminal… Tres individuos subieron al bus, cada uno tomaba posición en la entrada, medio y final del vehículo. Su facha y forma de hablar ponían en evidencia que no eran pasajeros.
Un aire helado, acompañado de miles de pensamientos, me invadían. ¿Qué podía hacer? El sitio parecía sumamente inseguro como para bajarme, sin contar con la presencia agresiva de los tres individuos. Me limité a cambiarme al asiento del pasillo, abrazar mi bolso y suplicar que nada pasara.
Durante aquellos minutos, el sujeto del centro con lenguaje burdo explicaba que había salido el día anterior de la cárcel de Ibarra, que su intención era viajar hacia la Costa, que aunque había vendido su chaqueta todavía necesitaba dinero para completar el pasaje, que pedir no era lo mismo que robar y que necesitaba la colaboración de los pasajeros porque no quería volver a sus andanzas de maleante.
Acto seguido, el individuo de atrás empezó a recorrer asiento por asiento para recoger la cuota. Nadie se resistió, todos colaborábamos mientras los individuos guardaban los montones de monedas en sus bolsillos. Agradecieron lo recogido y se despidieron, en tanto recobrábamos el aliento. Afortunadamente además del susto, nada más sucedió.
Después de aquella terrible experiencia, tenía que tomar el trole y en tan solo una parada llegaría a mi destino. Durante ese pequeño trayecto subieron varios vendedores con diversos artículos: desde golosinas hasta libros motivacionales. En aquel grupo se incluía un joven colombiano, que vendía pulseras hechas a mano. Narraba que, desde la llegada de él y su familia al Ecuador, todo había sido complicado: deudas, hogares transitorios y la enfermedad de su hija. Vendía aquellas pulseras con el afán de recoger algo de dinero para pagar los artículos de primera necesidad para su familia. Lo asombroso de esto es que pese a la dramática historia, muy pocas personas compramos la pulsera, mientras que el resto miraba impávida al joven.
Tras estas dos antagónicas experiencias, surge una interrogante: ¿qué nos está sucediendo? Quizá las malas experiencias, la toma de ventaja de los malhechores por los actos de bondad, la inseguridad y el cambio de época, han sido razones suficientes para insensibilizarnos en extremo. Es lamentable comprobar que actuamos solidarios solo basados en el miedo y la presión del momento, donde el ayudar se convierte en un acto obligado. Y cuando nosotros seamos quienes estemos en situación de desgracia ¿Quién nos ayudará? Ojalá, nunca llegue el momento para saberlo.(O)