Al son de las notas de “Tierra latacungueña” aparecieron los bailarines de poncho y sombrero que andaban perdidos desde noviembre pasado, terminada la fiesta mayor de Latacunga, como homenaje a su Independencia Política que en apenas dos años cumplirá doscientos años. Los voladores, danzantes, reinitas, caras risueñas y séquito de acompañantes “voluntarios” sugieren que es hora de olvidarse de los problemas mundanos y en algarabía colectiva sobrevivir hasta el 11 de Noviembre, que será el cierre de la festividad.
Mientras que, el centro de la ciudad está sitiado por los cuatro puntos cardinales, con calles abiertas, tuberías desparramadas por doquier, y transeúntes de mal humor sortean los múltiples obstáculos, vehículos compiten por encontrar una vía de escape al laberinto ideado por políticos que sienten la cercanía de la hora en que el pueblo les tomará cuentas de sus obras macro, con el voto de rechazo o de aprobación.
Cabe entonces reflexionar en el momento triste que vivimos, vivo reflejo de la falta de respeto a los ciudadanos, que son los mandantes en esta democracia participativa, evidente por la total ausencia de la participación ciudadana, que junto a la visión, liderazgo y capacidad de planificar y ejecutar, deberían guiar la gestión municipal del alcalde y concejales. Los ciudadanos están llamados a determinar las prioridades de la gestión pública con SUS recursos, mientras que los mandatarios deberían ejecutar esa voluntad. Todo caminaría en paz hacia un mejor nivel de vida para todos los habitantes.
Pero la realidad es otra. Los políticos privilegian el lograr sus objetivos de conquistar el votito de los ingenuos vecinos del cantón, y saben bien que el camino directo es hacer uso de obras clientelares, darle a cada uno algo que le beneficie directamente, aunque sea mero maquillaje, como unos metros de tubería, un tanque de agua, unos bordillos o unas obritas de pacotilla que se vean pronto, aunque no sean necesarias ni durables. Grave error sería que se dediquen a resolver los problemas IMPORTANTES en lugar de los URGENTES, porque saben que los grandes problemas requieren de soluciones que toman tiempo y dinero, que ellos no se arriesgan a dejar de utilizar en lo que les genera réditos políticos inmediatos.
Vistas así las cosas, ¡bienvenidas las fiestas! Que mejor pretexto para poner a bailar a los disgustados parroquianos para que se olviden de sus penas y no pidan cosas simples como tapar los huecos, que a decir de un iluminado, no hay donde poner más. Así se ganarían dos largos meses, con invierno y todo, para ver si vendiendo el alma al demonio, como Cantuña para terminar la obra de la iglesia de San Francisco en Quito, se logra el milagro de terminar las controvertidas obras y devolver la tranquilidad a la otrora franciscana ciudad de Latacunga, con la esperanza de merecer el ansiado apoyo popular y seguir haciendo lo mismo por otros cinco años.
No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo soporte. La azarosa vida política que ha vivido este olvidado cantón, no puede continuar. Los ciudadanos debemos despertar de una vez por todas y madurar políticamente para empezar a poner los cimientos a una convivencia alegre y en paz, con calidad de vida que merecemos y ciertamente es posible lograr, gracias a las bendiciones de tener un entorno rico en bienes naturales y culturales. La felicidad de las generaciones que vienen detrás, está en nuestras manos. Nuestros hijos creen en nosotros y no podemos defraudarles. Bien podemos despejar la mente y meditar, aunque sea mientras bailamos y nos alegramos al grito macro de ¡VIVA LATACUNGA! (O)

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