Como país petrolero desde 1972, observamos sonrientes cuando el precio del petróleo crudo sube en los mercados globales. Jamás pensamos que pudiera superar la barrera para el petróleo WTI (West Texas Intermediate) de $100, referencia para establecer el precio del oro negro ecuatoriano. No estuvimos preparados para administrar los recursos extraordinarios que llegaron a manos del SS XXI y permitieron dinamizar la economía, mientras se mantuvieron esos ingresos, llevándonos a una crisis a partir de 2015 cuando volvieron a niveles históricos.

En estos días, el precio WTI ha escalado rápidamente acercándose a $80 por barril y con inercia para seguir ascendiendo, quien sabe hasta dónde. Es perfectamente factible que supere la barrera de $100 y volvamos a sentir el impulso que esos recursos puedan dar a nuestra economía. No cabe, entonces, cometer los mismos errores y despilfarrar esos ingresos que, bien invertidos, pueden empezar a generar un cambio en las estructuras productivas del Ecuador. Debemos tener presente lo que NO debemos hacer, para optimizar el uso del dinero, en beneficio de las mayorías necesitadas, de una manera sostenible y no clientelar.

Todo indica que la economía mundial se está reactivando y la creciente demanda de petróleo presiona sus precios al alza. Este fenómeno es la consecuencia de una demanda superior a la oferta, lo cual se regularizará paulatinamente en la medida que se aumente la oferta. Así funciona el libre mercado, inclusive en productos primarios locales como leche, arroz, maíz, papas, etc., que en nuestro país se ha tratado de resolver con precios oficiales, fracasando en su intento, pues las fuerzas del mercado pueden más que la intervención oficial. La mejor manera de controlar precios es alentar la producción, elevando la competitividad y productividad para reducir costos. 

Siendo la generación de empleo la mayor preocupación actual, podríamos apuntalar el plan de desarrollo propuesto por el presidente Lasso, dinamizando el sector agrícola y ganadero que ocupa la mayor cantidad de gente y tierra. Deberíamos sembrar buena parte de esos recursos en el campo, transfiriendo tecnología, dotando de riego, electrificación, vialidad, capacitación, acompañamiento, mercadeo, exploración de mercados, es decir hacerlo competitivo para que pueda enfrentar los desafíos de los mercados globales en nuestro territorio y fuera de él. Debemos impulsar otros sectores con gran potencial en el mundo actual, como turismo, energía, minería, pesca, aprovechando las ventajas comparativas que adornan nuestro entorno.

Para hacer realidad una racional utilización de esos recursos, debemos encontrarnos en el punto de convergencia de los grandes intereses de nuestra población. Definidos los grandes objetivos de mediano y largo plazo, podemos encaminar una planificación ordenada para ejecutar aquellas acciones que prometan dar frutos permanentes, que se traduzcan en mejor calidad de vida para muchos habitantes. Lamentablemente, la historia nos dice que la incipiente democracia que vivimos no ha dado cabida para este tipo de ejercicio democrático, siendo más probable que los grupos de presión impongan sus propios caprichos desde la trinchera de sus cómodas posiciones egoístas.

Nos queda entonces, esperar que el primer mandatario -en legítimo uso de sus facultades presidencialistas consagradas en la Constitución de Montecristi- defina las prioridades y le apueste a la inversión productiva, desechando la inversión faraónica que reinó en la década del despilfarro. Los capitales de riesgo debería ponerlos el sector privado, mientras el sector público debería concentrar su actividad en fortalecer las estructuras de base sobre las que se sustenta la economía popular, fortaleciendo la competitividad y productividad. El paternalismo solo promueve ciudadanos dependientes. El ecuatoriano es capaz de superarse con su propio esfuerzo. Así lo evidencia la gran migración hacia países que brindan esas oportunidades.

¡PREPARÉMONOS!