Es sobrino del expresidente Guillermo Rodríguez Lara; 26 años estuvo en El Comercio; fue corresponsal de guerra, es periodista y escritor (1960).

En la capital de la república se originó el evento ‘Premios Unión Nacional de Periodismo 2021’ donde difunden a los ganadores en los diversos géneros periodísticos, entre los que destaca el ciudadano pujilense Byron Rodríguez Vásconez, quien es periodista de larga trayectoria, corresponsal de guerra en el conflicto con el Perú y sobre todo escritor, y por ello triunfó en el género de Crónica ‘El cine porno Hollywood cambió de piel’.

PREMIOS UNP 2021:

MENCIÓN HONORÍFICA:

Edison Guevara Estrella; Ugo Stornaiolo Pimentel; Hortencia Unda Proaño.

CATEGORÍA ENTREVISTA:

Adriana Noboa Arregui

CATEGORÍA CRÓNICA:

Byron Rodríguez Vásconez, con la crónica ‘El cine porno Hollywood cambió de piel’, publicado en la revista Suridea de la Casa de la Cultura, núcleo de Loja, en agosto de 2021.

CATEGORÍA PERIODISMO DE INVESTIGACIÓN:

Estefanía Celi Ramos

CATEGORÍA REPORTAJE:

Marjorie Ortiz Andrade y Sandra Miranda Torres.

PREMIO EUGENIO ESPEJO 2021

Serie reportajes ‘víctimas del desangre carcelario en el Ecuador’, diario El Telégrafo.

De allí, que vienen las felicitaciones y el reportaje con la crónica triunfadora del concurso. La Asociación ‘14 de Octubre’ de Pujilenses Residentes en Quito, con mucha alegría y satisfacción presenta nuestras sentidas felicitaciones a nuestro compañero del Directorio Lic. Byron Rodríguez Vásconez por tan meritorio premio alcanzado en la Unión Nacional de Periodistas del Ecuador, categoría crónica. Pujilí sigue alcanzando varios premios en todas las actividades que se proponen sus hijos. Quito, 22 de enero de 2022. La directiva.

Uno de los lugares más icónicos del erotismo en Quito dio un sorprendente ‘giro de negocio’ que, seguramente, nadie esperaba. Quienes fueran sus fieles clientes durante años ya no podrán suspirar entre sus paredes con las apasionadas historias de las divas del cine italiano para adultos.

Los territorios citadinos prohibidos, ocultos, nos llaman y seducen. Nos inquietan. ¿Por qué? Un misterio está a punto de deslumbrarnos y nos invita a traspasar la puerta, donde quizá juegan las traviesas y sensuales luciérnagas de luna que, de pronto, aparecen en la pantalla del cine.

Pasé aquella puerta prohibida una gélida tarde de febrero. Para ser más exacto, la tarde del 14 de febrero de 2014, Día del Amor y la Amistad. Llovía en Quito y las jóvenes parejas, que hacían una larga columna, se acurrucaban. Casi todas las mujeres, con la cabeza recostada en el pecho de ellos, y estos acariciándoles el pelo como en un ritual bello y profano.

El público de la columna era variopinto. Burócratas enternados que salían de los ministerios y dependencias aledañas: ¿Educación? ¿Presidencia y Vicepresidencia de la República? ¿Registro Oficial? –cuyas semioscuras oficinas quedaban en el antiguo Hotel Humboldt, de la calle Espejo– ¿Municipio de Quito?… Quizá. Había estudiantes descarriados de conocidos colegios del centro-norte. Obreros cansados del tedio cotidiano. En el interior de la sala, silencio. Murmullos. Un viejo tosía en un asiento de la última fila. Alguien lo regresó a ver y él, en un gesto rápido, como si fuese un vampiro acosado por el sol, subió las solapas de su abrigo oscuro.

La tensión aumentaba cuando comenzaban los cortos de otros filmes subidos de tono, de alto voltaje erótico.

De pronto, «¡¡Oh, oh, mamita!!», dijo un joven de pelo rizado, porque en la gran pantalla apareció, como una figura etérea y hermosa, inasible para nosotros, la sexi y voluptuosa Rossana Doll, conocida actriz del porno italiano. Ella estaba en cueros, acostada en una playa dorada, mojada de olas, mientras se acercaba un chico fornido, de torso reluciente, un galán a todo dar, dispuesto a fundirse con ella entre las olas y el viento.

Este ámbito oculto, con el dulce sabor de lo prohibido para los ojos de muchos quiteños, era el añejo Cine Hollywood, el cual estaba localizado en la calle Guayaquil, a solo dos cuadras de la conventual plaza de Santo Domingo (centro de Quito).

Pocos saben que este emblema erótico –junto a los antiguos cines Mariscal, de la calle Colón, y América, en la calle del mismo nombre– nació en los albores de la década de 1930 del siglo anterior, cuando Quito empezaba a coquetear con los destellos de una modernidad que danzaba en París y New York.

El Hollywood es el símbolo de la lujuria y el desenfreno. Por ello, seducía y acariciaba a las parejas jóvenes, colegiales, viejos y solitarios, a quienes envolvía la fantasía del paraíso a la vuelta de la esquina.

La tarde caía con su manto de lluvia, y pasadas las 16:00, la boletera, protegida por un vidrio oscuro, despachaba los últimos boletos a los veteranos que llegaban protegidos por sus paraguas –u ocultos por el diario vespertino–; no vaya a ser que apareciera un nieto, un hijo, un sobrino o, para mala pata, la esposa, y ¡¡¡zas¡¡¡, pillado antes de ver cine continuo –hasta las 20:30 para los más ávidos de las escenas carnales–.

A la bella Rossana Doll le acompañaba su tropa de combate de las películas XXX, parte del fondo de sesenta filmes que el Hollywood atesoraba como los piratas a sus joyeles capturados en infinidad de combates marinos de antaño. A esa inolvidable tropa la completaban las divas del porno italiano –el más renombrado– Doménica Baumanova, Rossa Caracciolo, Eva Orlowsky, Susana Marx y Luana Borgia.

Ellas levantaban pasiones en el público, y más entre las parejas, quienes, calientitas de tanta escena candente, estaban a un pasito de las pensiones y hoteles cercanos, como el legendario Colonial, en la esquina de las calles Venezuela y Bolívar.

¿Por qué a la gente le encantaba ir los lunes y los sábados? Ni Carlomagno V., ejecutivo de la empresa que dirigía el Cine Hollywood desde 1983, ni Pepe B., el hábil y apasionado operador de la antigua lámpara Xenex y el proyector americano Brenkert, tenían explicación para ello. «Quizá porque esos días es más fácil pegarse una escapadita de la casa por cualquier pretexto; eso sí, los oficinistas, parejas y colegiales son nuestros clientes más fieles».

Eso dijo Pepe sin dejar de poner a punto el proyector, para que la tribu erótica dejara ver sus encantos tan ansiados por el público inquieto, nervioso, con el morbo erizando sus pieles. La penumbra era una noche sinfín. No solo el viejo tosía; ahora, muchos. Se acomodaban bien en las butacas de cuero desgastado (350 en total).

Tres colegiales secaban sus frentes. Sudaban como en baño turco. Pese a que un rótulo decía «NO FUMAR», José Antonio, un jubilado audaz, mi vecino de butaca, prendió un cigarrillo cuando la Doll se levantó de la fina arena y fue al ataque de la mano del galán de moda, Rocco Sifreddy. Las volutas del cigarro no incomodaban a un joven, concentrado como si estuviera en una partida de ajedrez, o como si estuviese resolviendo una torturante ecuación del Álgebra de Baldor, el rompecabezas de los colegiales…

El operador de los proyectores del Hollywood Pepe B., el acucioso operador del cine porno Hollywood, conocía bien a los clientes. Este quiteño, que pasaba de los 50 años, comenzó su trabajo en 1967, Exteriores.[…] pasadas las 16:00, la boletera, protegida por un vidrio oscuro, despachaba los últimos boletos a los veteranos que llegaban protegidos por sus paraguas –u ocultos por el diario vespertino–; no vaya a ser que apareciera un nieto, un hijo, un sobrino o, para mala pata, la esposa, y ¡¡¡zas¡¡¡, pillado antes de ver cine continuo […]

En el cine Fénix, de la 6 de Diciembre, otro ícono del cine de Quito. «El Fénix era un cine aristocrático, para la gente de plata del norte y la clase media, ya que en la pantalla se mostraban los guapos actores y actrices Hudson, Gable, Shariff, Brando, Sofía Loren y Ava Gardner, cuyas piernas esbeltas y sexis sacaban suspiros al más impávido». Eso dijo Pepe, siempre atento a la operación incansable del proyector Brenkert, un artilugio de lujo de los traviesos y felices años 70, cuando Quito, al calor del naciente boom petrolero, seguía con la minifalda de los años 60, y el jolgorio del consumismo y la farra marcaban el paso de los nuevos y frenéticos tiempos.

En su pequeña y oscura cabina del segundo piso del Hollywood, Pepe proyectaba, aquel 14 de febrero, una película de cuatro rollos de 35 mm. Con la vista siempre fija en ellos, para que estuvieran fijos en esa ruleta de fantasías sensuales, dijo que el Hollywood se parecía al proyector: era incansable. Había funciones continuas desde las 11:00 hasta las 20:30.

–¿Alguna anécdota que le marcó? –le pregunté, y alisté mi esfero de reportero callejero para no perderme un detalle. –Claro –dijo con su voz un tanto apagada por el incesante run run de los rollos–. Una ocasión, un viejito murió de un infarto. No olvido el año: 1990. Sin duda,

Fue porque se emocionó tanto con los cuerpos brillantes, tremendos, de Luana, Eva o Rossa, y su corazón no resistió. Pepe arqueó las cejas como si recordara la trifulca, el griterío de la gente al ver al viejito inmóvil, como una estatua pálida que se llevó al más allá las imágenes de esos cuerpos soñados.

Recuerdo que, de reojo, vi a mi vecino jubilado, José Antonio. No creía que el destino le metiera una zancadilla y terminara con su corazón partido por tanto cuadro lujurioso. Más bien, sonreía y gozaba de las piruetas eróticas como novio en luna de miel.

–Desde cuando viene al Hollywood? –le susurré al oído. El veterano respondió sin quitar sus ojos de cóndor en pleno vuelo, de la pantalla: –Desde siempre, desde que era chiquito, ja, ja –soltó una risilla de duende juguetón–. En serio, desde los años 80. Ojalá este cine nunca muera.

Un giro inesperado, Sin embargo, hace pocos días, en el tedio de este largo confinamiento, una querida amiga a la que le fascina recorrer el centro de Quito, de golpe, me sacó del sopor de una tarde de sol –ya no llueve como aquel 14 de febrero–.

–El cine Hollywood que te atraía ha cambiado de piel: hoy es una iglesia evangélica. El luminoso rótulo de antes hoy es sobrio. Evangélico.

–¡¡¡No es posible!!! Ese cine tan visitado, parte del imaginario quiteño, no tenía ni tiempo ni edad. Su piel erótica tenía la juventud intacta –respondo, como tratando de evadir este absurdo.

«Es insólito» –me digo–, como intentando asimilar la desazón por el adiós del Hollywood. Seguro que el primer día los evangélicos realizaron un exorcismo colectivo para borrar miles de figuras eróticas que go[…]

Una ocasión, un viejito murió de un infarto. No olvido el año: 1990. Sin duda, fue porque se emocionó tanto con los cuerpos brillantes, tremendos, de Luana, Eva o Rossa, y su corazón no resistió en la pantalla.

Seguro que hicieron una limpia grande, vasta, para limpiar las pieles tersas, sensuales, de mil batallas sexuales de Rossa Caracciolo o Luana Borgia. Sus labios carnosos, carmesí y provocadores. Sus ojos de asombro y lujuria perpetua.

Acaso quemaron incienso junto a la pantalla del Hollywood. Tal vez echaron agua de rosas. Perfumes y azahares de limón.

–Caminé por el centro de Quito antes de esta grave crisis sanitaria –le digo a mi amiga–. No me di cuenta de este giro, un torbellino, del añorado cine Hollywood.

‘Sin pérdida de tiempo, paso las hojas de mi libreta de cronista empedernido de Quito y de nuestro diverso’, Ecuador, y como si fuera un exorcismo personal, repaso mis apuntes y escribo esta crónica en homenaje, y como un largo adiós, al Hollywood.

Leo un párrafo final en mi libreta: «El Hollywood no morirá mientras cubra los costos. Catorce familias viven de este cine tan quiteño como el bulevar 24 de Mayo», dijo Carlomagno V., ejecutivo de la empresa que dirigía este cine. Pepe B. vivía de las imágenes de la inagotable danza erótica y de su proyector Brenkert estadounidense.

«Todos los días me ayudan a matar la soledad», dijo en ese Día del Amor, que hoy veo nítido, cercano, bajo una cortina de lluvia y parejas llenas de pasión. Quizá, la cabeza de Pepe B. se quedó envuelta en el humo de la bella, chispeante y voluptuosa Rossana Doll.

TRAYECTORIA:

Byron Rodríguez Vásconez (Nace en Pujilí, provincia de Cotopaxi, 1960) es escritor y periodista. Trabajó 26 años en diario El Comercio (Quito), en calidad de editor de secciones como Vida Contemporánea, Cultura, Quito y Crónicas, y de revistas dominicales como 7 Días. Asistió a un curso de géneros periodísticos en diario El País (España) y fue alumno –durante tres años– del Taller de Literatura de la CCE Benjamín Carrión, coordinado por el novelista Miguel Donoso Pareja.

Su primera novela, Bestiario de cenizas, ganó el Segundo Lugar en el Concurso Nacional de Novela Ismael Pérez Pazmiño, 75 Años de Diario El Universo (1996), premio que compartió con el reconocido escritor Eliécer Cárdenas. Dicha obra ya lleva cuatro ediciones: dos de Eskeletra, una del Municipio de Guayaquil –29 grandes novelas de los últimos 35 años– y la cuarta edición está en la colección Luna Tierna –5 000 ejemplares–, de la Campaña de Lectura Eugenio Espejo, dirigida por Iván Egüez.

La guerra de la funeraria, su segunda novela, fue publicada por editorial Planeta, y recrea, con ironía y humor, el Quito petrolero y carnavalero de los años 70, en el contexto del gobierno del general Guillermo Rodríguez Lara (1972-1976), su tío. También es de su autoría La cueva de la luna, libro de cuentos editado por la CCE Benjamín Carrión. Sus cuentos constan en antologías publicadas por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y en la revista Hispamérica, de la Universidad de Miami.

Finalmente, también escribió El Niño de Isinche. Poesía popular religiosa de la provincia de Cotopaxi y del cantón Pujilí (Universidad Católica de Quito), ensayo sobre los villancicos y cuartetas que miles de fieles cantan al Niño de Isinche, una escultura colonial apostada en la hacienda de Isinche, cerca de Pujilí.