¡Ecuador es un país ingobernable! Este calificativo lo hemos venido escuchando por años. Y es que la singular capacidad que tiene el ecuatoriano para estar en contra de todo, de no saber escuchar o aceptar argumentos en contrario, es increíble. Le es difícil coincidir con sus congéneres, peor aún si se trata de rivales políticos. Creen que aceptar el criterio ajeno o transigir, es resignar el suyo, o, peor, dar a entender que no tiene uno propio. 

Lo cierto es que no hemos desarrollado aptitudes para llegar a puntos de coincidencia sobre grandes temas nacionales, los del interés general, los cuales requieren consensos para resolverlos -y así facilitar la vida de los ciudadanos-, incluso en temas secundarios, intrascendentes, peor aún en materias tan sensibles como los laborales, salud, educación, seguridad.

Qué difícil ha sido la gobernabilidad del país. La llamada oposición, conocida como la forma de ofrecer alternativas de solución a los diversos problemas, acá es sinónimo de boicot o de freno, a como dé lugar, a toda iniciativa del gobierno de turno. Siempre ha sido así. Pero ahora, en el actual período gubernamental, que se caracteriza por ser democrático en lo político y liberal en lo económico, ciertos grupos de interés ciertamente no entienden el concepto, y, como tales, son idóneos para hacerse acreedores al récord “Guinness” a la intransigencia.

No tiene aún 100 días en el poder el presidente Lasso y aparecieron los paros, la colocación de obstáculos en carreteras, las consabidas amenazas de movilizaciones de ciertos grupos, si no se aceptan sus ofertas, disque en nombre del pueblo. Se oponen al actual esquema de fijación de los precios de los combustibles, sabiendo que esa propuesta beneficia a los que más tienen. Y lo más increíble, un grupo de personas no permiten la instalación de un radar militar, a cargo de la Fuerza Aérea Ecuatoriana, en el cerro de Montecristi –aduciendo que es “ancestral”-, el cual es necesario para el control de aeronaves ilegales, en un sector sensible en materia de transporte de droga. ¿Se entiende esto?

Los dirigentes del sector laboral, anclados en el pasado, jurásicos en ideas, no quieren el cambio, al defender a ultranza el ya caduco Código del Trabajo, y se oponen a la propuesta de una nueva ley que busca generación de empleo para los que no lo tienen, que en su mayoría son jóvenes padres de familia; propuesta que ni siquiera la conocen en su real alcance y aún no está presentada a la Asamblea. ¿Se entiende esto?

Los parlamentarios, a pesar de que la Corte Constitucional dio su parecer favorable al instrumento que establece el procedimiento de solución de controversias del CIADI, aprueba una demagógica y peregrina resolución contraria, misma que no tiene ninguna fuerza obligatoria para el Ejecutivo, pero igual malgasta su tiempo en temas sin sentido, al mejor estilo populista. Tampoco se entiende este comportamiento. 

Queremos un Ecuador elegible a la inversión extranjera, respetuoso de la institucionalidad, con seguridad jurídica, que cumple sus compromisos internacionales y contractuales, que respete los derechos de los ciudadanos, que vele por la propiedad privada y apoye el emprendimiento. El doctor Oswaldo Hurtado Larrea, en su libro “Las costumbres de los ecuatorianos”, concluye que “el Estado no es visto como la instancia a la que le corresponde proteger el interés general (…), sino como un instrumento  través del cual individuos, organizaciones sindicales, grupos económicos, empresas particulares, funcionarios públicos y líderes políticos, pueden obtener favores, conseguir prebendas, consagrar privilegios y enriquecerse”; y, por tanto, menciona que hay que cambiar para “demostrar que es posible que en Ecuador puedan abandonarse conductas inconvenientes que traban el progreso individual y colectivo y en su lugar los ciudadanos adopten valores consistentes con las necesidades del desarrollo nacional…”.

Tenemos que comprender que el primer objetivo ciudadano, es ser responsables para con el país, dejando atrás esa tara que es el populismo que propició la división entre los ecuatorianos y el asistencialismo extremo, que solo perseguía votos y no propósitos orientados al desarrollo. O cambiamos, o simplemente el país no sale adelante.