Como no podía ser de otra manera, por las proximidades que Ecuador mantiene con su vecina, la República de Colombia, el comentario de hoy se refiere a la posesión de Gustavo Petro como nuevo presidente de la República. Llega al gobierno en un marco de grandes expectativas, a la vez que de profundos recelos, reflejo de la polarización política y social en el país. Comprender esta realidad y asumirla democráticamente, será el primer ejercicio y mantra de cada día, para lograr esa esencial virtud del ejercicio del poder, el equilibrio. Los pasos previos a la posesión, logrando un acuerdo amplio en un legislativo fraccionado, con el cual deberá negociar acuerdos para las reformas legales propuestas en campaña, han sido al parecer efectivos. Es evidente el conocimiento que Petro tiene de la complicada mecánica parlamentaria, fruto de su dilatada presencia en el mismo, pues ha sido actor permanente en el por muchos años. Durante el período de transición, ha anunciado nombramientos importantes para cargos de sensibilidad local e internacional, enviando mensajes de estabilidad a la sociedad colombiana y a la comunidad internacional. El nombramiento de Antonio Ocampo, reconocido economista socialdemócrata, con dilatada trayectoria internacional, genera confianza en sectores empresariales, que de entrada tenían dudas respecto de muchas propuestas de campaña. El peso colombiano ha perdido algo de valor frente al dólar, pero no se ha dado la temida corrida cambiaria que se temía. Para el Ministerio del Interior, el designado Alfonso Prada, ex Secretario de la Presidencia de Santos, es un guiño al centro político, por sus orígenes liberales, y el de Álvaro Leyva como nuevo Canciller de Colombia, comprometido con los procesos de paz, proveniente del partido conservador, un puente a los sectores tradicionales. Los que resultarán conflictivos, serán los de Trabajo, a cargo de Gloria Ramírez, miembro del Partido Comunista, Defensa, con Iván Velásquez, durísimo crítico de las Fuerzas Armadas, y Minas y Energía, con Irene Vélez, sin experiencia en un campo vital para la economía de Colombia, exportador de carbón y petróleo, a la vez que consumidor de los mismos. Como otras propuestas políticas regionales, el eje de campaña de Petro, se centró en la idea del cambio, visto con distintos ojos y aspiraciones, desde la superación de desigualdades o desde las revanchas, cambios para progresar, o para ajustar cuentas. El presidente Petro hará bien en escuchar la historia. La idea del cambio es como el rio que corre, distinto siempre, nunca el mismo. Que esté atento a que el cambio es sólo la diferencia entre antes y después. No tiene categoría de virtud o mérito per se. A lo largo de la historia, hemos tenido procesos valiosos de cambio, prácticamente en todas las esferas de la actividad humana. De hecho, según lo describen autores como Pinker, alejado del lirismo y de las proclamas inflamadas, apelando a las estadísticas y a las cifras, tan antipáticas en nuestra verborrágica cultura, se demuestra el impresionante progreso que experimentado, particularmente en los últimos 200 años, cuando los indicadores de salud pública, de supervivencia infantil, de nutrición, de esperanza de vida, se han multiplicado casi de manera exponencial, por la aplicación de la ciencia y la tecnología, en los ámbitos descritos y muchos más. Esos importantes cambios han dado lugar a las revoluciones tecnológicas extraordinarias de la información y de las comunicaciones, en las que estamos inmersos, que en un parpadeo histórico, han traído capacidades y herramientas que hace 200 años ningún clarividente hubiera imaginado. Lamentablemente, el cambio puede tomar también otros derroteros, hasta perversos. Con el mantra del cambio, de la revancha de clase o de raza nacieron el comunismo ruso devenido en el Stalinismo con sus horrores, y el nazismo hitleriano con los suyos. Con promesas del paraíso en la Tierra, 50 millones de chinos perecieron de hambre por delirios ideológicos, y la mitad de Camboya fue asesinada por no tener callos en las manos o usar gafas. Para curarse en salud y no emprender rutas que se sabe donde empiezan, pero nunca donde acaban, el presidente Gustavo Petro debe, despojándose de cualquier vendaje ideológico, mirar hacia su vecina Venezuela, para comprender que el “cambio” no es panacea ni programa de nada. Hugo Chávez llegó con una propuesta mesiánica de cambio, a hombros de una marea humana de resentimientos, de esperanzas, de aspiraciones reprimidas. Los resultados están a la vista. Los 6 millones de migrantes, de los que 2 malviven hoy en Colombia, son elocuente relato de ese “cambio”. Un país riquísimo, convertido en botín de las bandas, que lo han retaceado como un feudo. El “cambio” fue la propuesta de Perón para una Argentina que en ese momento era la séptima economía mundial. Tras casi 80 años de “cambio”, solo hay que fijarse en los fríos números, para comprender que aquella potencia mundial del siglo pasado, alcanza hoy un 45% de pobreza, y que el antiguo granero de la Europa de la post guerra, difícilmente logra alimentarse, con un índice de malnutrición infantil altísimo. Así que, cuidado con el cambio. Se dice que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. Cambio de rumbo. 8/8. 22. Como no podía ser de otra manera, por las proximidades que Ecuador mantiene con su vecina, la República de Colombia, el comentario de hoy se refiere a la posesión de Gustavo Petro como nuevo presidente de la República. Llega al gobierno en un marco de grandes expectativas, a la vez que de profundos recelos, reflejo de la polarización política y social en el país. Comprender esta realidad y asumirla democráticamente, será el primer ejercicio y mantra de cada día, para lograr esa esencial virtud del ejercicio del poder, el equilibrio. Los pasos previos a la posesión, logrando un acuerdo amplio en un legislativo fraccionado, con el cual deberá negociar acuerdos para las reformas legales propuestas en campaña, han sido al parecer efectivos. Es evidente el conocimiento que Petro tiene de la complicada mecánica parlamentaria, fruto de su dilatada presencia en el mismo, pues ha sido actor permanente en el por muchos años. Durante el período de transición, ha anunciado nombramientos importantes para cargos de sensibilidad local e internacional, enviando mensajes de estabilidad a la sociedad colombiana y a la comunidad internacional. El nombramiento de Antonio Ocampo, reconocido economista socialdemócrata, con dilatada trayectoria internacional, genera confianza en sectores empresariales, que de entrada tenían dudas respecto de muchas propuestas de campaña. El peso colombiano ha perdido algo de valor frente al dólar, pero no se ha dado la temida corrida cambiaria que se temía. Para el Ministerio del Interior, el designado Alfonso Prada, ex Secretario de la Presidencia de Santos, es un guiño al centro político, por sus orígenes liberales, y el de Álvaro Leyva como nuevo Canciller de Colombia, comprometido con los procesos de paz, proveniente del partido conservador, un puente a los sectores tradicionales. Los que resultarán conflictivos, serán los de Trabajo, a cargo de Gloria Ramírez, miembro del Partido Comunista, Defensa, con Iván Velásquez, durísimo crítico de las Fuerzas Armadas, y Minas y Energía, con Irene Vélez, sin experiencia en un campo vital para la economía de Colombia, exportador de carbón y petróleo, a la vez que consumidor de los mismos. Como otras propuestas políticas regionales, el eje de campaña de Petro, se centró en la idea del cambio, visto con distintos ojos y aspiraciones, desde la superación de desigualdades o desde las revanchas, cambios para progresar, o para ajustar cuentas. El presidente Petro hará bien en escuchar la historia. La idea del cambio es como el rio que corre, distinto siempre, nunca el mismo. Que esté atento a que el cambio es sólo la diferencia entre antes y después. No tiene categoría de virtud o mérito per se. A lo largo de la historia, hemos tenido procesos valiosos de cambio, prácticamente en todas las esferas de la actividad humana. De hecho, según lo describen autores como Pinker, alejado del lirismo y de las proclamas inflamadas, apelando a las estadísticas y a las cifras, tan antipáticas en nuestra verborrágica cultura, se demuestra el impresionante progreso que experimentado, particularmente en los últimos 200 años, cuando los indicadores de salud pública, de supervivencia infantil, de nutrición, de esperanza de vida, se han multiplicado casi de manera exponencial, por la aplicación de la ciencia y la tecnología, en los ámbitos descritos y muchos más. Esos importantes cambios han dado lugar a las revoluciones tecnológicas extraordinarias de la información y de las comunicaciones, en las que estamos inmersos, que en un parpadeo histórico, han traído capacidades y herramientas que hace 200 años ningún clarividente hubiera imaginado. Lamentablemente, el cambio puede tomar también otros derroteros, hasta perversos. Con el mantra del cambio, de la revancha de clase o de raza nacieron el comunismo ruso devenido en el Stalinismo con sus horrores, y el nazismo hitleriano con los suyos. Con promesas del paraíso en la Tierra, 50 millones de chinos perecieron de hambre por delirios ideológicos, y la mitad de Camboya fue asesinada por no tener callos en las manos o usar gafas. Para curarse en salud y no emprender rutas que se sabe donde empiezan, pero nunca donde acaban, el presidente Gustavo Petro debe, despojándose de cualquier vendaje ideológico, mirar hacia su vecina Venezuela, para comprender que el “cambio” no es panacea ni programa de nada. Hugo Chávez llegó con una propuesta mesiánica de cambio, a hombros de una marea humana de resentimientos, de esperanzas, de aspiraciones reprimidas. Los resultados están a la vista. Los 6 millones de migrantes, de los que 2 malviven hoy en Colombia, son elocuente relato de ese “cambio”. Un país riquísimo, convertido en botín de las bandas, que lo han retaceado como un feudo. El “cambio” fue la propuesta de Perón para una Argentina que en ese momento era la séptima economía mundial. Tras casi 80 años de “cambio”, solo hay que fijarse en los fríos números, para comprender que aquella potencia mundial del siglo pasado, alcanza hoy un 45% de pobreza, y que el antiguo granero de la Europa de la post guerra, difícilmente logra alimentarse, con un índice de malnutrición infantil altísimo. Asi que, cuidado con el cambio. Se dice que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones.