Nuevamente estamos viendo rondar por las calles y redes sociales a funestos personajes que han revivido de su tumba política, con pretensiones redobladas de acceder al poder y saciar su voraz apetito por echarle mano a los placeres del apetecido puestito.  Tal parecen “walking deads” que se preparan para la pagana festividad de HALLOWEEN, con rostros siniestros que sonríen sobre la crisis que embarga al país. Mientras que otros “nuevos personajes” adaptados a las circunstancias y dirigidos desde la obscuridad por poderosos intereses regionales, aparecen con rostros virginales y jugando el papel de tonto útil.

Centenas de candidatos inscritos, en una carrera para ostentar una curul en la más desprestigiada Asamblea Nacional, con la mayoría de sus miembros involucrados en actos de corrupción que, seguramente, jamás terminarán por ser sancionados. Igual panorama ocurre para acceder al desprestigiado Palacio de Carondelet. La única explicación, es la absoluta carencia de ideologías detrás de tanto movimiento que son simples empresas electoreras para personajes cuyas intenciones se limitan a sus ambiciones personales, alejadas de los intereses ciudadanos.

Superados los primeros siete meses de cruel pandemia, las consecuencias se siguen viviendo en tres frentes: salud, económico y social. El país atraviesa la crisis más profunda de su existencia contemporánea, en un mundo aquejado en diferente grado por el mismo mal. Las pérdidas de vidas humanas se suman a las pérdidas económicas, y la presión social aumenta peligrosamente. Esto hace que una gesta democrática como los comicios que se avecinan, conlleven el peligro de convertirse en una forma de protesta contra esta acumulación de problemas, que aunque es fruto de malos gobiernos, corrupción, despilfarro y mala gestión pública por décadas, ha tocado fondo y se la siente como gestada en este gobierno de transición, de un modelo político hacia uno sustentable y sostenible en el largo plazo.

Mirando el camino recorrido por nuestro país desde 1972, en que nos convertimos en petroleros, se evidencia que el manejo de los recursos públicos ha estado en manos de la “clase política” pasando el “florón” de un grupo a otro, quizás con diferente estilo, pero con los mismos funestos resultados, que ahora en medio de esta crisis profunda podemos evidenciar. La voluntad popular jamás ha sido considerada en los planes de desgobierno. El petróleo ha servido para enriquecer a un grupo de “avivatos” que nunca serán debidamente sancionados y cuyos dineros mal habidos jamás serán recuperados. Hemos tocado fondo y las cosas no deben seguir por ese camino.

Las grades crisis ocultan grandes oportunidades. Ecuador es viable. Esta crisis nos brinda la oportunidad de detener el saqueo público y cambiar el modelo de gobierno, con fuerte participación ciudadana, administradores calificados, instituciones sólidas, sistema judicial confiable y la utilización eficiente de recursos para atender prioritariamente las necesidades más acuciantes de la sociedad. El Estado debe abandonar el papel aventurero de empresario en hidrocarburos, minería, puertos, industria, banca y otros, que le deben corresponder al sector privado, con sus propios recursos y garantizando la prestación de servicios a la altura que demanda la población.

Es necesario alcanzar una suerte de PACTO SOCIAL que reúna los actores sociales de todo género, alejados de la clase política, para diseñar el país del futuro, empezando por construirlo hoy, en una especie de minga popular que defina el rumbo y el objetivo. Basta de discursos floridos, con la verborrea manipuladora, populista y demagógica que es el arma más letal para la democracia occidental. Debemos madurar y declarar la guerra a este estilo de política que nos ha conducido al estado de postración que ahora vivimos.(O)