Dice el diccionario que candidato es aquel que aspira a algo, un honor, una dignidad o un cargo. Y claro, si hablamos de elecciones para dignidades de gobierno, de esos hay bastantes. De hecho, sobran.
Pero recuerdo cuando era muchacho, que los barrios o los grupos sociales iban a la casa del buen vecino y le pedían que los represente como candidato. Es decir, no era uno el que elegía candidatizarse, como si fuere un premio a ganar. Al contrario, era la gente la que le ponía la enorme responsabilidad de representarles.
Hoy es al revés: tenemos a un montón de precandidatos que andan por los barrios, aunque no estemos en campaña, buscando el apoyo popular.
Desde el punto de vista de la gente, hemos perdido el interés en lo que sucede y por eso ya no nos organizamos ni apoyamos abiertamente a un representante. Casi que no nos interesa quién resulte electo. Jugamos una política pasiva, esperando sentados en nuestros barrios a que llegue el superhéroe de turno a ver qué ofrece. Nos dejamos convencer, y finalmente, el elegido no nos representa.
Desde el candidato, la situación es grave por igual. Ya no se trata de un buen ciudadano al que las masas le buscan por sus virtudes, sino de un representante de intereses particulares encargado de montar un discurso convincente para cosechar la mayor cantidad de votos, de gente que ni conoce ni le interesa.
Es importante comprender cómo ha cambiado esto para entender la diferencia entre “política mafiosa” y “mafiosos en la política”. Es que la política, por concepto, nunca ha sido mafiosa. Lo que sucede es que hoy tenemos a un montón de mafiosos haciendo política.
La culpa es nuestra, obvio. Si no estamos buscando y luego apoyando a un buen ciudadano, y solamente nos sentamos a esperar la mejor oferta, entonces ¿cómo podemos reclamar políticos diferentes a los que tenemos? Recuerden que a estos mafiosos que están en la política, de una forma u otra, nosotros los pusimos ahí.
En nuestra provincia, por ejemplo, los partidos políticos tienen dueño. Todos están muy preocupados de a quién poner como Alcalde, y las primeras candidaturas a concejales se negocian en base a quién cede y qué da a cambio. Ninguno de los que hasta hoy se han ofrecido como precandidatos cuenta con el apoyo abierto de un sector importante de la población, o no han sido especialmente promovidos por algún sector. Se lanzan al ruedo, básicamente, solos, a ver qué consiguen.
Si no me creen, atiendan a la realidad de cada cantón y vayan viendo que, en resumen, los precandidatos son los mismos de siempre o están estrechamente vinculados a los procesos de siempre. No hay nuevos, y si los llegara a haber, serán ilustres desconocidos. Esto sucede porque no se han propuesto liderazgos en los barrios o asociaciones profesionales o de clase. Sucede también porque los partidos políticos, salvo un mejorable intento de la Izquierda Democrática, (hay que decirlo, lo están haciendo) no están haciendo trabajo de base, de capacitación y de formación de líderes.
También es verdad que encontrar a alguien completamente nuevo es un reto. Luego de todo este tiempo del correato, incluyendo la influencia que aún hoy parecen tener, debemos aceptar que cualquier persona relativamente joven que tenga experiencia en administración pública, obligatoriamente tiene que haber construido esa experiencia en el correato. Normal, obvio. No hubo dónde más.
Entonces, claro, si seguimos haciéndole ascos a todo lo que remotamente huela a correísmo (pese a que en las urnas elegimos gente de su partido, porque somos hipócritas), nunca tendremos jóvenes profesionales con experiencia en la cosa pública como candidatos. Aceptémoslo: el haber trabajado en el gobierno estos últimos quince años no nos convierte obligatoriamente en correistas, o morenistas, o lassistas.
Estas elecciones nos toca, más que nunca, hacer un análisis personalísimo del candidato. Decidir con conciencia plena.
O simplemente aceptar nuestra parsimonia política, nuestro desinterés, y dejar que alguien más nos dé decidiendo el destino. (O)