Era de noche, me encontraba en la cafetería atendiendo a un grupo de turistas, cuando de repente -de la nada- apareció un hombre de color y se acercó al cristal de la puerta para mirar. Se quedó ahí por un buen rato y se fue. Minutos más tarde, volvió a aparecer, tenía un cabello desaliñado y usaba sandalias y camiseta a pesar del frío. Se acercó de nuevo a la puerta y cuando apenas me vio, se marchó presuroso.  La duda y el miedo me invadieron, ¿qué era lo que quería? Era ya tarde, me disponía a cerrar; mientras arreglaba el mostrador, apareció nuevamente aquel hombre, pero está vez abrió la puerta. Mi mente empezó a recordar una serie de noticias de robos y asesinatos, me esperaba lo peor. Estaba sola, lo único que podía hacer era pulsar el botón de pánico, pero guardaba la esperanza de que alguien llegara. El hombre trataba de hablarme, pero balbuceaba frases sin sentido, imaginé que estaba tomado, quizá incluso drogado. El corazón me palpitaba con fuerza y solo quería gritar para pedir auxilio. Estaba a milímetros de pulsar el botón de pánico, cuando aquel hombre dijo una frase que me volvió en sí: “Do you speak english”- me dijo.

Recuperé la compostura, ahora todo tenía sentido, era un turista que hablaba muy poco en español, que no estaba del todo decidido dónde comer y después de haber dado varias vueltas de reconocimiento, finalmente se animó a entrar en la cafetería. Me sentí tan culpable por mi intensa imaginación. Por su color de piel, apariencia y “actitud sospechosa”, supuse que era un delincuente, cuando en realidad era un violinista de Juilliard (el reconocido conservatorio de artes de Nueva York); una persona sumamente interesante que además de viajar por el mundo dando conciertos, también se dedicaba a enseñar música en una fundación de África. !Plop¡

Me sentí retrógrada, culpable y ridícula. Había sido una más de la sarta de prejuiciosos, aquel grupo de gente, que yo misma he criticado. No me siento orgullosa de esta historia, pero la cuento porque me dejó una lección importante.  Y es que muchos de nosotros sacamos conclusiones anticipadas en base a cómo luce la gente. Por años, la sociedad nos ha convencido de que el color de la piel y la apariencia implican diferencias incluso en el sentido valórico. Nos hemos convertido en jueces y decisores de lo que supuestamente es bueno y malo.

Lo cierto es que todos hemos sucumbido a estos estereotipos, algunas veces como jueces y en otras como víctimas; somos parte de un círculo vicioso que fomenta la intolerancia, el morbo y hasta el odio. Más allá del color de la piel y la apariencia tenemos que comprender que somos SERES HUMANOS, con virtudes y defectos, con alegrías y frustraciones, con sentimientos y sueños… No podemos juzgar y armar historias sin antes conocer a las personas; porque caras vemos, personas no conocemos.(O)