Latacunga sigue siendo una ciudad tranquila. Eso no quiere decir que es una ciudad segura.
Aunque -gracias a Dios- no tenemos un alto índice de criminalidad, esto no es gracias a las entidades encargadas de nuestra seguridad, sino a la naturaleza pacífica de nuestra gente y a la todavía reducida densidad poblacional de las zonas céntricas en comparación con otras urbes. Sin embargo, repito, no es una ciudad segura.
Verán, la seguridad es -como bien nos dijo un Ministro tratando de ‘sacarse la vuelta’- una percepción. Y esta percepción no  se alimenta, solamente, de la estadística criminal sino de la forma en la que los ciudadanos vemos nuestra ciudad.
Desde luego, esta isla de paz que aún es Latacunga tiene muchas falencias en cuanto a otros índices de seguridad. Por ejemplo, la accesibilidad y el cómo las personas con capacidades reducidas o diferentes pueden acceder a la ciudad, deja mucho que desear. Ni aun los ciudadanos con capacidades regulares podemos transitar con tranquilidad en nuestras escasas veredas. Los conductores, sobre todo los encargados del transporte público son tremendamente malcriados y hacen un pésimo uso del espacio. Esto significa que no podemos, a bien, andar seguros por las calles de       Latacunga.
La iluminación pública también es deficiente. Los parques están amurallados y cerrados. No tenemos Policía Municipal y las áreas verdes son casi inexistentes. Entonces, no se siente seguro, por ejemplo, dar un paseo nocturno por el centro de la ciudad.
Sumemos el actual estado calamitoso de nuestras calles, el irrespeto continuo a la normativa de tránsito, el exceso de animales callejeros y vendedores ambulantes y, así sumando, tenemos que la movilidad de nuestra ciudad en general no es segura.
Las soluciones dadas por la administración son pocas. Y, cuando alguna solución dan, a mi parecer, resulta tremendamente costoso. Como ahora, que se ha presupuestado más de un millón de dólares para reparar algunas cuadras de calles.
Miren, el presupuesto de la ciudad sigue siendo un enigma para la mayoría pues no se sociabiliza suficientemente y, al final del día, tampoco se ocupa en la proporción presupuestada. Parece un juego de necios. Las lluvias siguen destapando, más que calles, nuestros eternos problemas a la hora de elegir administradores eficientes.
Y esta es la mayor inseguridad de Latacunga: la inseguridad que tenemos respecto de nuestros administradores. Es que no sabemos qué es lo que van a hacer, y a veces ni siquiera estamos seguros de que estén haciendo algo.
Para muestra, tenemos el problema latente del Cotopaxi, del cual parece que ya nos hemos olvidado. Más allá de las alarmas carísimas que instalaron, y que hasta ahora no he escuchado pese a las pruebas que se han hecho porque no se oyen a más de cien metros, no hay un verdadero plan de contingencia ni de prevención. Se hicieron mesas de trabajo, que solo resultaron en grupos de discusión, sin efectos reales. Sin plan de prevención, contingencia ni mitigación, la ciudad es, por supuesto, insegura.
Nuestros ríos siguen contaminados y, pese a la queja de todos y a la oferta de muchos, esta administración no ha sido capaz de esbozar una mínima ordenanza o de judicializar casos evidentes de contaminación. Con aguas negras rodeando nuestra ciudad, estamos inseguros.
No me cansaré de decirlo, nuestros administradores nos han fallado rotundamente y les es mejor renunciar. Pero lo único seguro es que no lo harán. Es que algunitos son como una vaca montada en la punta de un pino: nadie sabe cómo llegó adonde está, ni por qué no se cae.(O)

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