Mi llegada definitiva a Chile coincidió con la terminación del otoño y el arribo del invierno. Si bien, había tenido la oportunidad de vivir fríos extremos en otras ocasiones, esta vez debía hacerlo por todo lo que duraba la estación.

Embarqué en mi maleta todo lo que consideré necesario para afrontar tal clima: las bufandas y gorros de lana, chompa térmica, calcetines gruesos y hasta “la pijama de la familia peluche”. Ante las precauciones y advertencias del frío que se venía me armé también de valor, tenía la convicción que el tiempo pasa volando y la resistencia al clima implicaba un estado mental positivo.

Allí estaba yo expectante del clima, hasta que vi con mis propios ojos cómo los árboles se tornaban grises y lánguidos, la cordillera se escarchaba de blanco y sentí en carne propia una corriente de frío entre 0 y 5 grados que llegaba a la región. Lo admito, ganas no me faltaron de volver a Ecuador, no estaba acostumbrada a tolerar aquellas bajas temperaturas y peor aún todos los días.

Mientras yo me quejaba del infortunio del frío e insistía en lo privilegiados que somos los ecuatorianos al tener un mismo clima todo el año, la gente de aquí se mantenía impávida en su trajinar diario. Habían incluido en su rutina ciertos cambios como: calefactores eléctricos, calienta camas (que resultaba un reemplazo extraordinario para las numerosas cobijas) y habían añadido platillos extra en su dieta como la crema de zapallo y sopaipillas (una especie de pan aplanado frito). Por otro lado, conviene resaltar la planificación minuciosa de la gente acorde al clima, con ciertas acciones puntuales. Por ejemplo, el dueño del perro que programa el corte de pelaje de su mascota, de manera que en invierno tenga suficiente pelo para pasar el frío, mientras que en verano no se sofoque.

Había días que resultaban más fríos, en los que las plantas amanecían con una fina capa de hielo y a su vez los parabrisas de los autos literalmente congelados. La gente, por su parte, añadía las prendas necesarias a su vestuario mientras tomaba más té o café. Con el tiempo fui tomando aquella misma actitud de los chilenos y en lugar de quejarme simplemente tomaba acciones para evitar el frío. He llegado a comprender que los seres humanos somos también animales de costumbre y en situaciones extremas como el clima, más allá de los lamentos conviene actuar. Las temperaturas extremas en cierto modo ayudan a que la gente sea más tolerante y resistente, que actúe e incluso sea más organizada.

Gracias a las redes sociales estoy al tanto de las novedades de Latacunga y por el número de publicaciones entiendo que el clima está extremadamente frío. Por desgracia, después de la experiencia del invierno de aquí, me atrevo a decir que el lamentarse del clima poco o nada ayudará, el clima seguirá siendo el mismo y hasta mientras solo queda adaptarse. Así que conviene abrigarse más, disfrutar de un buen chocolate y aceptar las bajas temperaturas de buen ánimo, al fin y al cabo, el clima también forja el carácter.(O)