No hay que mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista. Así dice el refrán popular que hoy se hace realidad en la capital de la Mama Negra. Tras cinco largos y tortuosos años de una vergonzosa administración Municipal, inundada en escándalos de todo tamaño y forma, llega a las últimas horas en agónica despedida el tristemente conocido Patricio “Llumi” Sánchez, destituido democráticamente por mandato popular un 24 de marzo, sancionado con la máxima pena de destitución por la Contraloría General del Estado, desafiante del ordenamiento jurídico ecuatoriano al proclamar su satisfacción por haber desobedecido a la autoridad competente de control.
La memoria de honestos ciudadanos que prestaron sus servicios de manera ejemplar al cantón Latacunga se ha visto manchada por los actos reprochables que se cometieron a vista y paciencia de un Concejo dominado por la débil mayoría de incondicionales al cabecilla de turno. La impavidez e ingenuidad de la ciudadanía y autoridades de control, permitió que impere el autoritarismo al más puro estilo correista, y condene al retraso a este hermoso cantón que tiene todo, menos buenos mandatarios.
Estas páginas negras de la historia política contemporánea cotopaxense, deben quedar en la memoria colectiva, para no olvidar la capacidad de truncar los anhelos por lograr un mejor nivel de vida de quienes tienen la suerte de habitar esta bendecida tierra. No podemos aceptar que la carencia de servicios básicos sea casi total en el sector rural, mientras se hacen obritas clientelares y “macro” para beneficiar a un puñado de avivatos cercanos al poder, burlando los controles oficiales, pisoteando las leyes y priorizando intereses mezquinos, fruto de una codicia irracional.
La tenue participación ciudadana ha facilitado esta forma de mal utilización del poder, a pesar de que han transcurrido 10 años de vida de la Constitución de Montecristi, que devuelve el poder a los ciudadanos en calidad de mandantes y relega a las autoridades de elección popular a mandatarios, que deberían rendir cuentas permanentes y ejecutar las prioridades que el pueblo establezca. Nada de esto ha ocurrido en San Vicente Mártir de Latacunga. La ignorancia e irrespeto de esta democracia participativa, sumada a la tolerancia ilimitada de sus parroquianos, ha impuesto una manera caduca de gobernar, distrayendo los recursos humanos y económicos hacia obras mal planificadas, mal ejecutadas, con sobreprecio y alejadas de las necesidades más elementales.
Como si esto fuera poco, demostrando una total falta de respeto a los votantes, que a mala hora le permitieron acceder al sillón de Cajiao, el destituido no ha cesado de crear escándalos por contrataciones de última hora que involucran a funcionarios de confianza nombrados por el mismo, irrespetar de forma reincidente a disposiciones de autoridad competente y hacer desembolsos cuestionados por honestos servidores que fueron presionados para satisfacer sus protervos caprichos. Ante lo cual ha buscado distraer la atención descabezando a los otrora fieles y confidentes colaboradores, con el ánimo de reivindicar su inexistente figura de honestidad y transparencia en la soledad del poder que le acompañará por el resto de su vida.
El pueblo de Latacunga merece otro nivel de autoridades. Es digno de un manejo transparente y honesto de sus limitados recursos. Tiene pleno derecho a erradicar la falta de servicios básicos que garanticen la sobrevivencia de niños y adultos mayores, tanto en el campo como en la ciudad. La rendición de cuentas debe ser oportuna, amplia y verídica. La participación ciudadana debe evidenciarse en todos los asuntos de trascendencia y avalar desde el primer momento la ejecución de obras.
Pero la vida pasa y ¡… ESTE CUENTO SE HA ACABADO! (O)