Jugar con los niños es importante para liberar sus niveles de estrés.

Los estragos por el encierro ya se evidencian en personas de todas las edades, especialmente en los más pequeños.

El confinamiento, y la campaña “Quédate en Casa” continúa en el país, las clases que están a punto de concluir siguen siendo virtuales, como una manera de proteger a los estudiantes, maestro y todo el personal a posibles contagios.

Sin embargo el encierro de más de 70 días ya empieza a dar sus primeros estragos, es el caso de Marcelito un niño de cinco años, que tras los primeros dos meses de confinamiento, empezó a mojar la cama y los pantalones. Su madre María José Tamayo se sintió muy confusa, no entendía lo que su sucedía con el menor.

“Son conductas que los niños pequeños presentan cuando están pasando por momentos de gran estrés que no es bien manejado”, explicó Josué Herrera, psicólogo clínico.

Según el entendido uno de cada cuatro niños padece ansiedad por el confinamiento. “Las personas que están al aire libre de manera habitual tienen una actividad más baja en la parte del cerebro que se enfoca en las emociones negativas repetitivas. Esta es una de las razones por las que la infancia puede desarrollar sentimientos negativos o incluso depresión durante el confinamiento dentro del hogar”, dijo.

Recomendó a los padres o responsables de los niños, a explicarles lo que está pasando, alentarlos a pensar positivamente, con panoramas donde todo vuelve a la normalidad, sobre todo encontrar espacios para jugar con ellos, “así se divierten y liberan el estrés del encierro”.

Cifras “preocupantes” sobre la salud mental en niños

Según sus resultados, en Finlandia siete de cada 10 menores participantes en el estudio tenían ansiedad y el 55% sentía fatiga. En Reino Unido, casi el 60% de ellos temía que un pariente pudiera enfermar, y en Alemania tres de cada 10 estaban preocupados por no poder terminar el curso escolar. Asimismo, en Estados Unidos el 25% de los entrevistados sentía ansiedad.

En España, donde Save the Children entrevistó en el inicio de la crisis a casi 2.000 familias con pocos recursos, en cuatro de cada 10 hogares los niveles de estrés y problemas de convivencia habían aumentado, en buena medida por las malas condiciones de habitabilidad y el tamaño reducido de las viviendas.