Estos últimos meses el ambiente de nuestra ciudad se ha caracterizado por inauguraciones de obras de todo tipo.  Convenios, trabajos de asfaltado y adoquinado, restauraciones, canchas deportivas, servicio de alcantarillado y otros trabajos realizados que han venido acompañados de discursos, agradecimientos, presentes, placas y hasta juegos pirotécnicos.
Haciendo un inventario de las obras inauguradas, a mi percepción más ha sido el alboroto del festejo que las obras en sí. El mejor ejemplo fue la inauguración de la regenerada plazoleta Rafael Cajiao, ‘El Salto’ y la reubicación del Monumento a la Vivandera. No cabe duda de que este cambio es  agradable a la vista; ahora Latacunga cuenta con su nombre en letras de gran tamaño al igual que otras ciudades en el país, para que propios y extraños se lleven una simpática postal de la ciudad. A ello se suman los retoques de color y cambio de lugar de la vivandera, en un sitio más acorde a la temática del monumento. No lo niego, en algo ha mejorado la imagen de aquel sitio que sólo se distinguía por aquel lúgubre y grande edificio llamado mercado.
Semanas más tarde a pocos metros de aquel lugar se volvía a realizar una inauguración, pero esta vez de la plataforma del mercado cerrado, y nuevamente con bombos y platillos… A mi criterio, se pudo haber realizado un solo evento para inaugurar ambas obras y así haber optimizado recursos y toda la logística que representa actividades de este tipo, desde algo tan básico como es la impresión y entrega de invitaciones.
Reconozco que hay que celebrar los cambios positivos; sin embargo también estoy consciente de que este tipo de eventos involucran movilización de personal y también la utilización de recursos. Si tanto nos quejamos de que no hay presupuesto ¿por qué entonces tanto evento de inauguración y fiesta?
No olvidemos que la ejecución de obras es la obligación de las autoridades; no es un recordatorio de lo buenos que son, sino de cuál debe ser su trabajo. Depositamos nuestra confianza y les dimos poder para que hagan realidad sus promesas y ofrecimientos de campaña. Por algún ridículo motivo nos olvidamos de que el cumplimiento de obras es su deber y en lugar de ello rendimos homenaje a través de esos suntuosos eventos de inauguración para dar las gracias mediante publicaciones, placas, grandes comidas, bombos y platillos.
A mi criterio tanta algarabía en celebrar una obra es un acto pretencioso que incrementa el ego de las autoridades, los ciega de su trabajo real y les da el convencimiento de sentirse ‘los  salvadores’.
Por desgracia, pese a tanta ceremonia, en el caso de nuestra ciudad seguimos sin contar con espacios apropiados para el deporte, el comercio informal ha aumentado, los perros callejeros se siguen reproduciendo y los baches se mantienen. Es la clara muestra de que lamentablemente las prioridades  no están establecidas para nuestras autoridades. ¿O es que acaso se espera realizar un acto de inauguración por cada bache tapado? Existen trabajos urgentes por cumplir, que deben ser cubiertos sin la necesidad de tanta alharaca.  En definitiva, más obras reales y menos programas con bombos y platillos.(O)

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