La incipiente democracia ecuatoriana ha salido “magullada” de la reciente elección de candidatos para la presidencia de la República en segunda vuelta. Los resultados electorales siempre sorprenden a propios y extraños. Esta no ha sido una excepción. Lo más llamativo ha sido el “empate técnico” de dos aspirantes al segundo puesto con derecho a disputar la ronda final para Presidente. Sorprende también el inusual hecho de que se inscribieran 16 aspirantes, muchos de los cuales no justificaron en manera alguna la pérdida de tiempo, dinero y desgaste del proceso, pues distraen la atención de los votantes, distorsionando los resultados. Esto es evidente si solo pensamos cuál hubiera sido el destino de ese 9% de votos desperdiciados en los 12 de la cola,  para elegir los dos finalistas.

Pero así es la llamada “democracia” que vivimos. Nos convoca la clase política a elegir -con sus propias reglas- de entre sus escogidos, en el momento y forma que les conviene, limitando en forma grotesca las opciones, como en el caso del voto “en plancha”, que solo se explica por los cálculos de los partidos y movimientos que nos impone elegir únicamente al primero en su lista, siendo el ungido para ocupar el puesto de confianza. El resultado final es una sábana llena de listas de candidatos desconocidos, de los cuales solamente participan, efectivamente, sus cabezas. En relación a candidatos a Presidente, apenas cuatro terminan siendo reales contendores, acompañados del tropel de bulliciosos que tienen otras razones para figurar.

El resultado de empate entre dos candidatos debe dirimirse en las urnas, aunque sea con un voto de diferencia, por tanto debe completarse el conteo, resolviendo toda impugnación debidamente sustentada que se presente, como lo establece la norma electoral. No cabe que los actores políticos pretendan imponer los resultados por medio de presiones, amenazas ni manipulaciones, por muy legítimas que consideren ser. Los dirigentes y sus candidatos son responsables de inducir a sus seguidores a actuar apartados de las normas que impone la democracia en cualquier país que ha elegido este camino para su convivencia. Recordemos los incidentes provocados por el candidato Donald Trump en la reciente elección para Presidente de USA, para imponer un resultado distinto a la voluntad popular.

Este escollo debe ser resuelto en paz, sin claudicaciones, manteniendo como objetivo ulterior el bienestar colectivo del país, que demanda una actitud conciliadora de las agrupaciones en disputa, respetando el voto expresado en las urnas, para lograr “acuerdos de convivencia” en un país que ofrezca oportunidades para todos, sea inclusivo y no discrimine a ningún sector de la población. Quien sea elegido debería gobernar para todos los habitantes de esta hermoso país, dejando atrás viejos modelos que no han podido sacarlo adelante a pesar de los ingentes recursos malgastados.

Los ecuatorianos -mayoritariamente- buscamos una nueva forma de gobernar, dejando atrás las profundas debilidades que le han mantenido en la pobreza. Esto solamente se puede alcanzar con una férrea unidad de la mayoría, que impida el avance de fuerzas ocultas que hábilmente engañan con promesas demagógicas, enmarcadas en proyectos populistas que ofrecen el sol y las estrellas a cambio del “alma del votante” para perennizarse en el poder. La construcción de un país sostenible y sustentable toma tiempo, una vez enrumbado en la dirección correcta. Las mágicas soluciones no existen. Las dádivas que generosamente ofrecen los inmediatistas, son pan para hoy y hambre para mañana. 

Ecuador es totalmente viable. Todo depende de la decisión de la mayoría de sus votantes, que en pocos días deberán tomar una decisión que marcará al futuro. Necesitamos “converger” hacia puntos de encuentro para convivir.

¡VIVA LA DEMOCRACIA! (O)