Sin darme cuenta, he llegado a la temida e inevitable fase donde para el mundo soy una SEÑORA. Me rehúso a creerlo, mi mente se aferra a la época de los veinte, pero mi cuerpo se manifiesta y me recuerda el evidente paso del tiempo. Lo que antes resultaba agradable, ahora significa un suplicio y hasta un peligro.

Trasnocharme ya no es tan agradable como antes. Las ojeras, el dolor de cabeza y el cansancio me agobian y aunque trate de recuperar el sueño perdido, siempre resulta un intento frustrado.

Las copiosas comidas llenas de azúcar, frituras y alcohol, se han ido limitando a ocasiones puntuales. Me despedí con dolor y valentía del azúcar, el pan y la carne roja. Y no es que me hayan dejado de gustar las papas fritas, las hamburguesas, los helados y las cervezas, pero mi estómago se manifiesta iracundo ante ellas con el tedioso reflujo. Voluntaria y silenciosamente he optado por comer más ensaladas y frutas.

Pero los cambios no quedan ahí, de la noche a la mañana también empezaron a aparecer misteriosos dolores. Un día es la espalda, otro es el cuello y sino las rodillas, siempre acompañados de un perturbador crujido. Y justo cuando considero seriamente ir al médico, desaparecen como por arte de magia.

Se manifestaron las manchas, las arrugas y aquellos rollitos demás. Me encontré a mí misma, leyendo minuciosamente las etiquetas de cremas, sérum, limpiadores y eliminadores mágicos. Todos ellos prometen volverte más bella y joven, como si se tratara de una máquina del tiempo. Y es que no basta con la intención, hay que tener un presupuesto para adquirir aquellas maravillas que actúan de forma proporcional al precio: mientras más caras mejor.

¿Y las canas? Por fortuna no han aparecido todavía, pero me he preparado psicológicamente hasta el día que me visiten y se queden definitivamente en mi cabeza.

Llegar a los treinta y tantos años no ha sido cosa fácil, no es suficiente con que mi cuerpo presente las señales del paso del tiempo. El mundo me lo recuerda a diario llamándome SEÑORA. No importa si estás casada o soltera, llegas a cierta edad y automáticamente te dan ese nombre. ¿Por qué no pasa lo mismo con los hombres? Son llamados niños en su infancia, llegan a señores a su adolescencia y siguen siendo señores hasta el día de su muerte.

Nosotras, en cambio pasamos la transición, de niñas, señoritas y señoras. La edad y la forma en que nos vemos, determinan la forma en que nos llaman. Quizá por eso muchas insistimos en las rutinas de belleza, el ejercicio y la ropa; para tener la suerte de que algún alma misericorde y despistada nos vuelva a llamar señorita.

Y aunque todo suene a dolor, tristeza y penuria, no todo es malo. Llegar a la edad de señoras tiene sus ventajas. En este punto de la vida prefieres dejar de lidiar con gente y situaciones complicadas. Dejas de dar importancia a la estrepitosa vida social y prefieres tener contados amigos, porque, aunque sean pocos sabes que estarán contigo en las buenas y en las malas. Dejas de preocuparte por lo que dice la gente y empiezas a poner atención en tu bienestar. De hecho, aquellas cosas que considerabas importantes, hoy resultan pueriles. Empiezas a encontrar el encanto en las plantas, la música, el arte, la cocina y todas aquellas actividades que alguna vez consideraste aburridas, hoy las has convertido en tus hobbies.

Y es que el paso del tiempo no solo tiene efecto en el estado físico, sino también en la forma que pensamos y actuamos. A regañadientes y el intento frustrado de detener el reloj, he comprendido que poco o nada pesa la etiqueta de señora, pero sí me recuerda que el tiempo corre desmesuradamente y la mejor forma de aprovecharlo es VIVIENDO.  Al final, más que las canas, las arrugas y los kilos demás, valen las experiencias vividas, los viajes realizados, las personas que quisimos, las risas compartidas y el tiempo disfrutado. (O)