Nuestra provincia, ayer, era una joya agropecuaria. Las tierras de Cotopaxi eran generosas y teníamos fuentes de agua por todo lado. La población no superaba un par de cientos de miles de habitantes con concentración de la riqueza, sobre todo, en Latacunga. La técnica y la tecnología ocupaban un nicho de mercado diminuto y el comercio de servicios era secundario.

Hoy las cosas han cambiado. Somos más de medio millón de habitantes, existe una nueva oferta de servicios en casi todos los campos y las generaciones que están y que se vienen ya no gustan del agro. El agua, parece, que hay menos. El comercio se ha reducido y la industria que existía hace dos décadas, hoy simplemente no existe más. Pese a que tenemos grandes universidades instaladas, no parece haber una oferta significativa de tecnología. Si, al final, seguimos dependiendo en gran medida de la tierra, pero seamos reales: no hay mucho más.

Los administradores que estamos próximos a elegir, deben ser capaces de entender la provincia como una gran empresa que está obligada a rendir beneficios económicos expresados finalmente en los medios de producción.

Dicho de otra forma: con todos los recursos que tenemos a la mano, deberíamos tener un tipo de sociedad muy diferente a la que tenemos, y sinceramente deberíamos tener una mejor condición socioeconómica promedio.

Vamos viendo:

Tenemos ríos y lagos, pero muchos están contaminados y en nuestros barrios hay sed. Tenemos tierras, pero están abandonadas porque es muy difícil emprender en el agro. Aún así, tenemos agro, pero lo que se produce va a otros mercados. Tampoco tenemos mercados locales estructurados. Los mejores profesionales intelectuales son cotopaxenses, pero están trabajando en otras ciudades porque aquí a los jóvenes les resulte difícil progresar. Uno de los mayores atractores turísticos del continente es el volcán, pero la explotación turística es deficiente porque nuestras ordenanzas anacrónicas, básicamente, proscriben la oferta de servicios vinculados. Y así, una larga lista de etcéteras.

Resulta que nuestros administradores de las últimas décadas simplemente hicieron mal el trabajo. No hay proyección ni identidad.

Para llegar a mañana, la provincia debe reestructurarse, rompiendo mitos culturales y, sobre todo, tratando con verdadera igualdad a sus ciudadanos. Sobre todo es necesario una estrategia basada en ejes de producción y desarrollo económico, aunque fuere necesario dejar para después otros ejes.

Es bonito hablar de ecología, de multiculturalidad, de género, de animalismo. Pero a nuestra gente aún le cuesta llegar a fin de mes. A muchos incluso les cuesta empezar el mes. ¡Necesitamos dinero! Así de simple.

El que tiene dinero no anda pidiendo beneficios sociales: los adquiere. Y esta es la mayor prestación social de la cual deben ocuparse los administradores: organizar la provincia de tal forma que todos seamos capaces de, por nuestros propios medios, y sin restricciones, acceder a los mecanismos que nos permitan a su vez acceder a la riqueza.

El Cotopaxi del mañana debe volver a ser el centro de la sierra centro, manteniendo y modernizando la producción primaria, privilegiando el comercio y atrayendo inversión en desarrollo de tecnologías.

Se hace fácil: organizando bien la burocracia para que no estorbe.

Donde el Estado no estorba, el privado hace todo por si solo. (O)