Acuso por este medio la incapacidad de nuestros líderes políticos, de los últimos 20 años al menos. Incapacidad para manejar los problemas actuales y sobre todo para plantear una planificación que nos permita saber adónde vamos en el futuro.

Hace varias décadas, Cotopaxi era la fuente de alimento de toda la zona centro del país, y un poco más. Basábamos nuestra economía en la producción agropecuaria y menormente en la industria. Sí, teníamos industria y era boyante: licores, textiles, curtiembres, embotelladoras, procesadoras de alimentos para humanos y ganado, etc.

Hoy, una significativa parte de las tierras cultivables no producen nada. El territorio productivo se ha parcelado en un rompecabezas inútil, con piezas diminutas que no alcanzan para producción rentable. Todo esto, bajo lemas estériles como “la tierra para el que la trabaja” y la absurda satanización del industrial y el hacendado.

La situación está delineada claramente. Lo que no se sabe es cuál es el plan para el futuro; o si existe un plan siquiera.

Para el próximo medio siglo, debemos repotenciar la producción primaria, pues es lo que mejor sabemos hacer. Para ello necesitamos generar nuevos y mejores mercados, trabajar en economías de escala y sobre todo, proteger el producto interno contra producciones de otras provincias que, normalmente por causa de feroces intermediarios, termina siendo más barata que la local.

Pero necesitamos también sembrar industria. No tenemos patios industriales definidos, la burocracia para emprender en cualquier cosa es enorme y poco comprensible. Además se necesitan permisos de tantas entidades como puedas imaginar y cada una genera un costo, una tasa y un trámite. Es imposible mantener un negocio en Cotopaxi 100% legal.

Pese a que contamos con una de las más grandes flotas de transporte comercial, el comercio por sí mismo no es una fuente importante de ingresos para nuestra ciudad. Prestamos servicios para otros, generamos riqueza para otros.

Mientras el mundo nos come vivos, acá aún debatimos ideas de hace dos siglos. Todavía hablamos de lucha de clases, de resistencia social, de revolución, de socialismo…

Parece que todavía no hemos aprendido que el sindicalismo acaba con la economía, sobre todo cuando los líderes sindicales envejecen en sus cargos, dedicándose poco o nada a su labor o profesión por la cual se sindicalizan. Son vampiros políticos, chupando los recursos de sus agremiados bajo el pretexto de luchar contra el gobierno de turno, sea cual sea. Viven del desorden, del pleito y de la mentira.

Cotopaxi, los próximos 50 años debe dedicarse a producir y punto. Solo la producción de escala genera empleo digno y permanente. Las inversiones se atraen con impuestos bajos y burocracia sencilla. No podemos bajar los impuestos, para eso necesitamos una ley especial de la que deberían ya haberse hecho cargo nuestros asambleístas. Pero localmente podemos reducir la burocracia, procurar espacios de mercado y parapetar programas de conquista de nuevos mercados. El sector turístico, por ejemplo, se encuentra totalmente abandonado, más ahora con la pandemia.

Tenemos que sacarnos muchas ideas de la cabeza. Decir, por ejemplo, que la Prefectura es solo para lo rural y que a los que vivimos en la ciudad no nos debería importar mucho quién sea y qué haga, es una brutalidad enorme. Por ideas como ésta es que muchos administradores de turno se han permitido hacer obra solo donde pueden cosechar votos, y no en donde más se necesita.

Empecemos a pensar en la provincia que queremos, más que en la que tenemos. Inmediatamente, empecemos a trabajar en ello y a reclamar lo que merecemos, porque tenemos derecho.(O)