Consciente de las críticas y malestar que pueda causar lo que voy a decir. Debo confesar que he dejado de creer y practicar la religión. Desde hace algunos años, me he cuestionado aquello que me enseñaron cuando niña. Memoricé con vehemencia las oraciones, fui a misa con regularidad y procuré actuar como Dios manda, no solo por el hecho de hacer lo correcto, sino también por el temor de su castigo y el riesgo de ir al infierno. Indagué en la historia y me horroricé con los actos de violencia, las injusticias y muertes que se causaron en nombre de la religión; donde en el afán de perdonar los pecados se incurría al pago de diezmos y trabajos forzosos para la construcción de templos e iglesias. Me decepcioné con la incoherencia del discurso de pobreza y humildad de muchos sacerdotes en el púlpito, cuando en la cotidianidad tenían una vida de ropa de marca, viajes, autos y joyas, todo pagado por la iglesia. Qué decir de todas aquellas denuncias de abuso sexual, que la misma comunidad religiosa ha hecho de oídos sordos y en su lugar ha preferido transferir a los sacerdotes implicados a otros sitios donde han seguido cometiendo sus delitos. Ojo, no creo que todos los religiosos sean así, por fortuna hay merecidas excepciones; hombres y mujeres convencidos en el amor y misericordia del evangelio que ayudan a los más necesitados.
Volviendo al punto inicial, me sobran las razones para haberme alejado de la religión; pero no significa que haya dejado de creer en Dios. Estoy convencida de su existencia y que más allá de los rituales tradicionales, hay que demostrar la fe con acciones concretas. De qué sirve llenarnos de oraciones, saber de memoria las escrituras, poner flores y velas en la iglesia, si en la vida diaria somos incapaces de mostrar compasión, respeto, perdón y amor para con nosotros mismos, mucho menos con nuestros familiares, amigos, compañeros de trabajo y demás personas a nuestro alrededor. Sobran las historias de cristianos que profesan la religión, pero no tienen reparo en hacer mal al otro y llevar una vida cargada de excesos, ilegalidades y abusos.
Creer en Dios significa agradecer todo aquello que tenemos y en aceptar con optimismo y esperanza los desafíos y dificultades que se nos presentan en el camino. En vivir con alegría, plenitud y dar sentido a nuestra existencia. En ser amables en las situaciones más cotidianas como saludar a quien barre las calles, dar el paso mientras conducimos, ceder el asiento a un anciano en el bus o simplemente escuchar con atención. En ser generosos; dar la mano al necesitado y colaborar con alguna causa en la comunidad. En aceptar y querer a los demás con sus diferencias ideológicas, gustos y orientación sexual, no somos quién para juzgarlos. En demostrar nuestro amor, respeto y paciencia con nuestros seres queridos. En tener un estilo de vida que ayude al medio ambiente, que no caiga en excesos, mucho menos en la vanidad, el orgullo y la arrogancia.
En definitiva, cada acción, por más insignificante que parezca es una oportunidad para demostrar nuestra fe en Dios. No quiero decir que la religión sea algo malo, pero estoy convencida que todos aquellos valores que tanto se profesan, deben ser practicados en la vida diaria. (O)