Estamos acostumbrados a un sistema de finanzas centralizadas. Para explicarlo de forma sencilla: hay un centro desde el cual se manejan las finanzas de la gente. Normalmente los bancos centrales de cada país fungen como núcleo del sistema financiero. En países dolarizados como el nuestro, dependemos de la política económica de otro país, pero también es cierto que nuestro Estado puede adoptar políticas públicas que modifiquen las relaciones entre los diferentes actores del mercado.
Esto significa, ya en la realidad diaria, que el dólar que tienes en el bolsillo tiene un valor que se depende de actores externos a ti. Normalmente, un Estado o gobierno. Además tu dinero deberá pasar en algún momento por el sistema bancario y, en general, tu capacidad adquisitiva siempre va a depender de alguien más.
En el sistema descentralizado que se plantea a partir de los criptoactivos, no existen bancos centrales ni gobiernos regulando el valor de las cosas. Los bienes digitales valen lo que la gente decida que valen.
En estricto sentido, los bienes digitales, aunque se llamen criptomonedas, no son del todo “monedas”. Son, mas bien, coleccionables. Si tenemos un dólar, adonde sea que vayamos, vale un dólar. Pero si tenemos un cromo de un álbum, éste vale lo que el vendedor y el comprador acuerden que vale.
Los efectos de adoptar un sistema financiero descentralizado son enormes. En primer lugar, los Estados pierden el control de la economía. No solo porque no pueden controlar el valor de la moneda, sino porque pierden el control de quién tiene esa moneda. Esto ha servido para que la mayor parte de pagos por actividades ilícitas se hagan, justamente, mediante criptoactivos.
Un coleccionable tiene un valor volátil. Es decir, un día puede valer mucho y al siguiente, nada. Si usted tiene, por ejemplo, un carro clásico, y la economía está muy bien, habrá gente dispuesta a pagar mucho por él. Pero si el momento económico es malo, la gente simplemente no comprará coleccionables o pagará poco por ellos. Lo mismo, más o menos, sucede con los criptoactivos, aunque es un poco más complejo.
Hoy se está investigando a muchas entidades que ofrecían negocios en base a estos bienes digitales, y se les trata como delincuentes. El problema no es sino la ignorancia que aún tenemos sobre el modelo de negocio.
Si le dicen “deme mil dólares, y le doy doscientos mensuales”, entonces puede haber un delito de captación, y si usted no averigua de dónde sale el dinero, entonces no es más inteligente que los que fueron clientes del Notario Cabrera. Pero si le explican bien y le dicen: “deme mil dólares, yo compraré criptoactivos y los negociaré por usted, de las ganancias me quedaré con un porcentaje y le entregaré lo demás”, entonces el negocio es lícito y, como cualquier otro negocio, es susceptible de triunfar o de fallar. Y este riesgo tiene que ser aceptado por usted, sino no se meta.
Ahora, si no somos perezosos, podemos aprender de este negocio, que francamente ha hecho millonarios a guambras de doce años, y operar en estos mercados por nosotros mismos, asumiendo nuestros propios riesgos y, si lo hacemos bien, ganar más de lo que nos ofrecen. Toda la información que necesitamos está en Youtube.
En nuestro país, la legislación sobre el tema es aún escasa. Y no está tan mal: la idea, justamente, es que los Estados no se metan en la economía y/o tener una economía paralela donde los gobiernos no puedan meter las manos.
Sirve, a bien, para que los ciudadanos podamos manejar nuestras finanzas de forma más libre, sin trabas, con menos o virtualmente ningún impuesto y así recuperemos la economía familiar. A mal, sirve para ocultar capitales, pagar actividades delincuenciales y mover grandes sumas de dinero sin dejar rastro. Pero igual se hace en el sistema centralizado, con mayor o menor carpintería.
El mundo que se viene a corto y mediano plazo está proponiendo retos singulares a los gobernantes. Los Estados se están concentrando en cómo regular un mercado imposible de controlar, cuando lo más inteligente es aprender de esta forma de economía, liberalizar el mercado nacional y empezar a ganar dinero atrayendo inversión de este tipo. Eventualmente tendremos gobiernos menos metidos en nuestra economía y más preocupados por lo que deberían: salud, educación y seguridad.
No todo lo que ha de venir en esta nueva forma de mercado es perjudicial. Al contrario, puede traer muchas opciones de crecimiento. Lo único malo es nuestra terquedad. No estamos haciendo el esfuerzo de aprender y, como vengo diciendo hace mucho, en cuestión de una década toda nuestra sociedad será diferente y no parecemos estar en capacidad de cambiar al ritmo que debemos cambiar para sobrevivir. (O)