Nuestro querido país se vio involucrado, de manera súbita e inesperada, en una asonada que rápidamente se tomó calles, plazas, parques, carreteras, plantaciones, fábricas y todo espacio privado y público, con la consigna de que “todos y todas” debían paralizar sus actividades, sea cual fuere, por decisión de un movimiento indígena, en protesta por la eliminación del subsidio a la gasolina y el diésel. Las piedras se transformaron en proyectiles, de manos de mujeres, niños, jóvenes, adultos y hasta adultos mayores. La protesta “pacífica” según los dirigentes, se tornó en una de las más agresivas, especialmente porque afectaron a personas de todo condición, llegando a impedir sus labores y actividades cotidianas.
El fin de esta triste historia llegó luego de 11 eternos días de absurda confrontación provocada por los movilizados, a cuya camioneta se les subieron una larga lista de aventureros políticos, activistas y agitadores profesionales y moribundos movimientos políticos. De las tinieblas, emergieron las fuerzas ocultas de golpistas que acechaban en espera del momento oportuno para lanzar todas sus frustraciones y capacidad destructiva, en contra del Régimen constituido y arremeter contra la Capital de los Ecuatorianos de la manera más inmisericorde, hasta dejarla en escombros y cenizas.
¿Qué ha quedado detrás de esta batalla que desembocó en un intento de desestabilización, fríamente planificado por delincuentes políticos insaciables de poder?
Nos queda un país fracturado en su esencia democrática, construida desde las gestas heroicas de quienes ofrendaron su sangre para librarnos de los opresores, hace ya casi 200 años. Es un momento amargo para quienes somos conscientes del daño que ocasiona el atropello de los derechos de unos, a cuenta de defender el derecho de otros. Descubrimos que en el camino hemos perdido la capacidad de dialogar, de tolerar, de construir, de convivir, de sostener un país mega diverso, multiétnico y pluricultural. Nos encargamos de destruir “democráticamente” lo que nos enorgullecía hasta hace pocas horas.
Después de la tormenta, es necesario reflexionar para entender lo que ocurrió. Cada miembro de esta democracia deberá aportar su contingente. Tendremos que buscar el valor para levantar la debilitada democracia, sobre las cenizas que yacen en el territorio nacional y en nuestros corazones. Pondremos a prueba nuestra calidad de hermanos ecuatorianos, para curar las heridas y reencontrarnos, perdonarnos y mirar hacia adelante, para reconstruir el país que anhelamos para nuestros hijos. No podemos abandonar la lucha que empezamos desde el primer día de nuestra existencia. El reto es reconvertir toda la energía que se disipó en estos episodios, para desterrar lo malo y potenciar todo lo que Dios nos entregó en este paraíso natural.
Cotopaxi ha sido la caldera donde se encontraba el caldo de cultivo en plena ebullición, hasta que algún insensato politiquero vio una oportunidad de “oro” para aprovecharla en su beneficio, con motivo del inicio de maniobras que buscan prepararse para buscar alcanzar el poder, sea por las urnas en los comicios presidenciales del 2021 o, mejor aún, si se puede entrar por la ventana con la ayuda de incautos, cuya desesperanza se puede convertir en desesperación con solo poner el dedo en las llagas que han lacerado su existencia por siglos. Es la elemental estrategia del populismo, gestado en el Foro de Sao Paulo, con la consigna de destruir las endebles democracias de la Región. El guion está escrito y el momento llegó, a pedir de boca, para las fuerzas ocultas con rostros conocidos.
En la tensa calma que ha quedado, la Patria nos llama a todos los ecuatorianos de bien a defenderla, sin distingo de raza ni credo, como un solo puño, retomando los principios que inspiraron a nuestros héroes de la Independencia. ¡VIVA EL ECUADOR!(O)