Ubiquemos nuestros recuerdos en Latacunga de la década del 90, los jóvenes teníamos pocas opciones de estudiar una carrera superior en Latacunga existía en aquella época el ITSE, el ITSA y la sección tecnológica del Vicente león, quienes optaban por otras carreras no ofertadas debíamos viajar a Ambato, Riobamba y una gran parte a Quito.
La decisión siempre era difícil dejar a la familia, a los amigos y amigas, una que otra novia; cambiar de hábitos de vida empezar a convertirnos en personas independientes que debíamos saber cuando despertarnos, cuando desayunar, cuando estudiar aprovechando hasta el último minuto de nuestro tiempo en prepararnos para lograr obtener nuestro título y retribuir con esta alegría el sacrificio que hacían nuestros padres para permitirnos estudiar.
Viajábamos los domingos en la tarde o los lunes a la madrugada hacíamos cola para embarcarnos en uno de los buses de las compañías latacungueñas recuerdo aún transportes Cotopaxi, Latacunga, El Salto, Granada, Bolivariano ahí compartíamos amenas tertulias en donde expresábamos nuestros sueños: llegar a ser profesionales, regresar a nuestra querida ciudad muchas historias se cumplieron otras se están escribiendo y otras tantas se cortaron pues la muerte los sorprendió. En la oscuridad de la noche o de la madrugada llegábamos a un pequeño cuarto con baño muchas veces compartido, con ninguna comodidad más que la luz y el agua; y con lagrimas en los ojos desempacábamos nuestra ropa los alimentos para la semana; inmediatamente a dormir o a clases.
Terminábamos nuestra jornada y acudíamos al teléfono público más cercano y con unas fichas como monedas recordarán, nos comunicábamos con nuestros seres queridos para contarles nuestras penas y alegrías. Los estudiantes de provincia teníamos dos retos grandes que nos diferenciaban de los estudiantes de la capital, uno tratar de acoplarnos a esa vida solos, esa libertad que siempre quisimos pero que lejos de nuestro hogar se transformó en mayor responsabilidad y la segunda lograr adaptarnos al sistema de educación superior y precisamente ahí tuvimos una gran ventaja, pues pese a no tener las mismas bases académicas que en la capital, teníamos algo mucho muchísimo más importante el coraje y amor a nuestra ciudad y colegio formado día a día por nuestros maestros, lo cual se constituyó en el motor del éxito personal; maestros su función como docentes antes que transmitir conocimientos es inspirar a los jóvenes con su ejemplo de vida.
Vivíamos con una dieta bastante rigurosa pan, huevos revueltos, café, arroz y atún; aprendimos las 100 formas como mezclar estos ingredientes para preparar suculentos manjares.
Y llegaba el día viernes preparar nuestra maleta, para regresar a la querida Latacunga, el deseo era tan grande para algunos en donde me incluyo, que para no perder tiempo alguno llevábamos nuestra maleta a clases, siendo objeto de la sátira de alumnos y maestros. Salíamos a coger el bus que nos lleve al trébol específicamente Monjas-Universidad Central para evitar llegar al terminal del Cumandá con eso ahorrábamos 30 minutos que se traducían en poder llegar a merendar con nuestra familia.
Pasábamos Machachi y sabíamos que ya estábamos cerca; los amigos de la jorga estaban listos para compartir las experiencias y los interminables diálogos al calor de la gran amistad, formada en las aulas del colegio o en las calles de nuestro barrio.
Nunca necesitamos un celular, Facebook, Instagram u otro medio para compartir nuestro cariño aprecio y hermandad, no pienso que la tecnología sea mala, es una herramienta incluso de trabajo, el problema radica cuando nuestras vidas giran en torno a un medio electrónico y perdemos la verdadera comunicación, que es lo que nos convierte en seres humanos.
Latacunga es una ciudad que tiene un corazón que late en cada en una de sus calles, ese latido se sincroniza con el nuestro cuando la amamos, expresemos sea energía de juventud que teníamos por nuestra ciudad, en cada una de nuestras actividades y transformémonos en motores del cambio.(O)