Las jornadas vividas las últimas semanas nos están dejando lecciones que no queremos ver. Tratamos a los protestantes, antojadizamente y de forma genérica como “indígenas”, cuando la verdad es que no todos lo son. Yo, personalmente, para referirme a las facciones más violentas les llamo “terroristas”, y lo hago porque el Código Orgánico Integral Penal tiene una definición que les calza y es técnicamente adecuada. Pero no todos los que protestan son delincuentes.

Del otro lado, a quienes no apoyamos estas formas de reclamo, se nos llama “lassistas”, aunque tampoco estemos conformes del todo con el gobierno actual. Otros calificativos que se han convertido en peyorativos son, por ejemplo: neoliberales, asalariados, derechistas, capitalistas, gobiernistas, explotadores, nutellas, etc. Y claro, para los del otro lado también se usan insultos, que no lo son formalmente, como por ejemplo: comunistas, rebeldes, orcos, runas, rocotos, narcotraficantes, etc.

Y si revisamos el diccionario, salvo los términos “terroristas” y “narcotraficantes”, que incorporan la comisión de un delito, ningún otro término enlistado es, cabalmente, un insulto.

Pero más allá de la parte gramatical, debemos entender que la construcción de una descalificación hacia el oponente es una táctica de la política sucia que se ha venido utilizando desde hace milenios.

Posiblemente la sistematización más interesante de esta estrategia que vimos en nuestro mundo contemporáneo se dio en la segunda guerra mundial, cuando Joseph Goebbels, Secretario de Propaganda de Hitler, introdujo la frase “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”. Así, consiguió que el pueblo Alemán se hiciera una imagen de los judíos completamente deshumanizada. Los llamaban “ratas”.

En el enfrentamiento del Cenepa, los peruanos nos llamaban “monos” y nosotros les decíamos “gallinas”. Pero ninguno se reconocía al otro como “humano”. El enemigo no es humano, para esta estrategia sucia.

La construcción de lo que se denomina “otredad”, o sea, construir un “otro”, que no es como nosotros y que casi y no es humano, es una estrategia asquerosa que se utiliza para prefabricar diferencias que, de hecho, no existen. De esta forma se logra incentivar el odio entre los hermanos y así resulta más fácil convencer a un grupo de ir a la guerra, a matar, a torturar, a violar, o a protestar violentamente y dañar a otro grupo de hermanos.

Esta política del odio ha logrado unir a grupos específicos en contra de otros. Por supuesto, es lo mismo que vemos hoy: el rico es malo y explotador, el pobre es bueno y virtuoso; el hombre es violador por naturaleza y la mujer es víctima por default; el indígena es oprimido y el blancomestizo es opresor, etc., etc.

Nos enseñan a odiar para luego poder manipularnos. Nos infunden ideas ridículas sobre ataques que no recibimos. Y ahora les es más fácil con las redes sociales donde se puede viralizar cualquier falsedad. Nos hacen creer que “el otro” piensa que somos sus enemigos, y así nos convencen de que ese otro es realmente un enemigo. Nos separan, nos obligan a guardarnos rencores falsos y, cuando nos han contaminado lo suficiente, se presentan ante nosotros como si fueran héroes, paladines justicieros de una injusticia que no existe y que ellos inventaron.

Debemos entender que, por ejemplo, el indígena no es violento por si mismo, ni malo, ni torpe: solo está siendo engañado. A la par, el indígena o el pobre debe entender que el blancomeztizo o el empresario no es malo tampoco, solo sobrevive en una sociedad plagada de leyes mal hechas que, finalmente, nos joden a todos sin distinción.

El discurso de la multiculturalidad se ha explotado maliciosamente. En lugar de volvernos un pueblo diverso, pero sólidamente unido en una identidad nacional, solo se ha conseguido explotar nuestras diferencias para fabricar grupos envenenados en los que existe caciques disfrazados de líderes que utilizan a esos grupos para su beneficio personal. Son tiranos.

Nos enseñaron a odiarnos entre nosotros, cuando deberíamos odiarlos a ellos. Si, a ellos: a los falsos líderes, a la clase política corrupta y mafiosa. Odiar no está mal, porque es desgraciadamente parte de la naturaleza humana;  pero hay que ser lo suficientemente inteligentes para no odiar a los hermanos, sino a lo único que se debe odiar eternamente: la tiranía.

Al final del día, solo es cuestión de odiar bien. (O)