Llevamos más de setenta días de vivir una pesadilla nunca imaginada, que ha debilitado nuestra economía con afectación a toda la población. Los ojos se han vuelto al sector público, en la esperanza de ayuda en la salud y en la alimentación. Un aturdido Gobierno empezó a improvisar soluciones, en medio de la angustia que produjo la impresionante escalada. De la noche a la mañana, nuestros hermanos de Guayaquil vieron sus centros de salud desbordados, con pacientes que se morían sin diagnóstico,  y en el mejor de los casos tratados en la soledad de salas de cuidados intensivos, por escasos días de agonía, hasta que la muerte se los llevó sin derecho a despedirse de sus seres queridos.

La ciudad, cual campo de batalla de una feroz guerra librada en condiciones desiguales entre el indefenso ser humano y el invisible enemigo, quedó lúgubre y silenciosa, con cuerpos inertes abandonados por doquier, mientras los deudos de los fallecidos en el anonimato, debían contener su desesperación e impotencia, refugiados en sus hogares y temiendo engrosar las filas de los desafortunados. Mientras que en el país contemplábamos atónitos la dantesca realidad, que solamente habíamos observado en películas de terror. Las autoridades de salud no se daban abasto para caminar a la velocidad con que el virus atacaba y cegaba vidas. Todo parecía un enjambre de abejas alteradas y desesperadas por escapar de esa cruel realidad. Así transcurrió el fatídico mes de abril, que ha quedado impregnado con dolor, para la posteridad.    

Todo hacía pensar que aquel era “el lado oscuro de la luna” y que pronto retornaríamos al lado claro. ¡Estábamos equivocados! Las fuerzas ocultas en el anonimato, estaban acechando nuestra existencia para sacar sus garras y los peores instintos que habitan en almas contagiadas por la corrupción. Confabulados con el mortal virus, pasaron por encima del drama humano que vivía la sociedad ecuatoriana, y sin remordimiento alguno -“disfrazados” de funcionarios públicos, proveedores, mercaderes o simplemente intermediarios desesperados por el dinero- entraron en funciones a tiempo completo, sin más condiciones que lucrar sobre la tragedia nacional.

Cuando todavía no hemos superado el trauma de una década de abuso ilimitado de fondos públicos, cuando “se botaron cien millones de dólares por día” en obras faraónicas innecesarias y mal diseñadas, que escondían sobreprecios, creando al paso burocracia que no podemos sostener, nos despertamos invadidos de rateros de poca monta, en comparación a sus maestros que “ensuciaban sus manos limpias” por millones, con la especialidad de “no dejar huellas”, como lo siguen pregonando a los cuatro vientos. Rateros sin escrúpulos, que roban con sus propias manos de los féretros de cuerpos menos descompuestos que su conciencia. Dráculas criollos que succionan dinero de las arcas públicas, cometiendo una profanación de vida de los más pobres, que no recibirán el alimento o medicamento que esos recursos les pudieron permitir.

¿Dónde está el límite al abuso de los fondos públicos? ¿Acaso la inexistencia de la pena de muerte para estos genocidas sea la explicación inmoral para estos actos de barbarie que nos recuerdan las épocas más oscuras del fascismo, la piratería o las encarnizadas luchas de los aborígenes? El estupor que han causado los hallazgos de la valiente y frontal actitud de la Fiscalía General del Estado, nos ha despertado de ese letargo heredado de la década corrupta. La sociedad debe reaccionar. Encontremos la forma de DETENER esta nueva forma de delincuencia organizada para asaltar los fondos de salud y alimentación. Declaremos la guerra sin cuartel a los delincuentes de la pandemia, en todos los niveles de Gobierno ¡HASTA QUE DEJEN DE ROBAR!(O)