Faltan 5 minutos para las seis de la tarde, mi corazón deja de latir. Qué pena, me estoy yendo de este mundo… Un túnel muy largo y oscuro veo: las voces de mis seres queridos se oyen un tanto lejanas. “No, no, no, mamita” grita mi pequeña hija… “No, no, no, hija, mi primera hija”, grita mi mamá. Era muy joven exclaman mis hermanos y vecinos. Pero es imposible, mi corazón dejó ya de latir.
Llega la insensible muerte y deja atrás penas y alegrías. Mi alcoba está triste. En la cama fría del hospital yace mi cuerpo sin vida. “¿Y ahora qué hacemos?” Exclaman mis familiares. Se desmayan, no dejan de gritar. Quiero apaciguarlos, pero es imposible. Ellos no me ven. Introducen mi cuerpo en ese frío y horrible ataúd. Todos mis familiares y algunos amigos vienen a verme y lloran por mí. En medio de tanto rostro veo a mi hija, quien me toca la cara y me dice: “mamita, ¿por qué me dejas? Ahora, ¿qué hago? Te prometo que voy a estudiar mucho como tú lo quisiste. Perdóname por ser malcriada y te prometo también que algún día iré a visitarte en el cielo. Tú tienes que alistar todo y recordarme por siempre, porque cada año que yo cumpla, ya no estarás conmigo, pero yo te dedicaré una foto por cada año que vaya cumpliendo hasta que volvamos a encontrarnos para no separarnos nunca más y allá nos tomaremos entonces fotos las dos, pues estaremos junto a Dios hasta la eternidad. Te amo mucho mamita, te amo”. Ella llora y mi alma la abraza, pero ella no puede verme ni sentirme. Mi cuerpo está en ese ataúd.
Ya a la madrugada veo que llega él, ese hombre quien me dio tantas penas y pocas alegrías. Sólo me mira y en su corazón promete no dejarle sola a mi hija. Manifiesta que va a hacer todo por ella y termina diciéndome: “te amo y te amaré más allá de la muerte. Sabes, te ves tan linda dormida, pero no olvides que te amo y perdóname. Perdóname por ser cobarde y por no luchar por nuestro amor”. Entonces se va. Al siguiente día es mi traslado. Me entierran. En ese hueco tan profundo colocan mi ataúd. Gritos desgarradores de parte de todos se escuchan. Mi hija se desmaya y él, su padre, se acerca, la besa con ternura y llora con ella. Le promete estar con mi hija siempre, hasta que el destino los separe.
Todos se van y mi cuerpo se queda allí. Mi alma, desesperada y sin saber qué hacer, se va con ellos. Deseo darle más amor a mi hija. Aunque no me vea, debo protegerla. Se duerme ella, cansada de llorar, y puede verme, porque me meto en sus sueños, no obstante, me doy cuenta que eso estuvo mal, porque ella no me deja ir. Se aferra a mí. ¿Y ahora qué hago? ¡Dios mío, dame una segunda oportunidad, perdóname si algún día te fallé! No puedo dejar a mi hija sola. De pronto escucho a Dios quien me responde: “Ya está con nosotros tu hija”. Lo que pasó fue que en realidad, me amó tanto mi hija, que se aferró a mí y se fue conmigo. Sólo su cuerpo quedó en la cama del que fue nuestro cuarto. Nos unimos para nunca más separarnos. Ahora ella y yo volamos con alas propias, y él se queda sin sus dos tormentos. Creo que así fue mejor, porque le dejamos en paz al fin. Y eso pasó cuando mi corazón dejó de latir.(O)