En nuestro país como en el resto de América Latina, sentimos una ola de inseguridad que nos merma la paz día a día. Se vuelve difícil imaginarse como nuestros padres y abuelos cuentan de la ciudad como una gran zona de esparcimiento, con grupos de amigos en los parques centrales, gente caminando por la ciudad y todos de alguna forma conocidos entre sí con una cordialidad y respeto que los hacía saludarse entre todos los que se cruzaban.
De algún modo comenzó una concentración de violencia y vandalismo en el referente del sur, me refiero a Brasil, que dentro de las favelas comenzaron a germinar bandas delincuenciales orquestadas por menores de edad armados y dispuestos a todo por conseguir sus objetivos, en estos últimos tiempos a la convulsionada Venezuela se le suma un mal de estas dimensiones, donde mafias operan a través de menores de edad que los ocupan como camiscaces.
Con preocupación en estos últimos días se escucha que en Guayaquil existe una banda organizada con alcances que no podemos ni imaginar, me refiero a robo con violencia, tráfico de armas, en uno de los canales de televisión se reportó el allanamiento de una morada de uno de los menores donde encontraron armas de asalto, es decir equipamiento que la policía que patrulla las calles no tiene a su disposición.
Este mal, que, en un mundo tan globalizado, parece germinar por todas las naciones, en nuestro país se ha intentado palear este problema con soluciones parche y malos enfoques del problema real, por ejemplo en la época de Lucio Gutiérrez uno de sus ministros de la época encontró la solución a la delincuencia eliminando el uso de motocicletas por más de una persona, años más tarde el ministro de las percepciones en el mandato de Rafael Correa encontraba la solución a esto estableciendo un toque de queda tácito en el que los policías obligaban a retirarse de las calles a tempranas horas con las escusa de evitar desmanes.
Hoy en día armas disuasivas e intento de diálogo se pregona desde el ministerio del interior, pero la verdad es que nuestros escasos policías se encuentran desprotegidos con estos juguetes mientras los delincuentes poseen armamentos de alto calibre.
Es impensable en sociedades modernas que el uso de la violencia por parte de las fuerzas del orden se convierta en la forma de velar por la paz y la seguridad, pero de alguna manera toda esa civilización está creando personas que no solo carecen de respeto a la autoridad, sino que, existe autoridad que no conoce las leyes y las aplica de forma arbitraria y desinformada.
El problema como se ve tiene dos dimensiones, por un lado los criminales encontrando huecos legales, empleando armas y usando menores de edad para la realización de actos delictivos, es hora de ajustar las leyes y concientizar que si un menor de edad comete actos ilegales de adultos debe cumplir pena de adulto, asesinato, narcotráfico y robos con violencia deben ser castigados sin importar la edad, la impunidad es uno de los peores actos de corrupción enquistado en las sociedades y a bandera de protección de los menores de edad, delincuentes atemorizan zonas enteras de las ciudades.
La otra dimensión es la falta de la policía, tanto en cantidad, ya que en muchas ciudades incluida Latacunga, la falta de personal de seguridad es notable, se ha vuelto un dilema encontrar tanto policía de seguridad ciudadana como de seguridad vial, y no me refiero a las batidas esporádicas que se realizan para encontrar vidrios negros, la ciudad lo que necesita es una presencia sólida que proteja a los ciudadanos mientras realizan sus actividades diarias.
Es hora de promover que las personas regresen a las calles para encontrar en la ciudad un espacio de dispersión y entretenimiento, que los delincuentes, sin importar edad, etnia ni nacionalidad se vean imposibilitados de cometer actos en contra de la seguridad porque los latacungueños junto con los policías estamos las veinte y cuatro horas del día tomados las calles para nuestras actividades, y los que pierdan espacios para delinquir sean los delincuentes.
Esperemos que el mal de las pandillas juveniles, organizadas para la delincuencia, no encuentren en Latacunga un espacio de fechorías, es hora de ver el problema que enfrenta Guayaquil y no dejar que el resto del país vea el aumento y germinación de esta ilícita actividad y se hagan los marcos legales urgentes para proteger a los ciudadanos y a las autoridades para que estas últimas puedan ejercer su trabajo con tranquilidad y firmeza, claro está, sin excesos.
Un llamado a los asambleístas a tomar en cuenta estas necesidades urgentes, ya que se nos viene grupos organizados con consignas de causar terror en las urbes y no se vislumbra que en la casa legislativa se tenga intención de tomar medidas a corto plazo.(O)