Estamos viviendo un año electoral, y con ello se reactivan las preocupaciones sobre quienes serán elegidos para administrar los gobiernos seccionales, que además serán un preámbulo para el proceso eleccionario 2025. El electorado ecuatoriano, mayoritariamente, no tiene interés ni ideología política, pero debe concurrir obligatoriamente a las urnas, por lo que sería deseable que recapacite en su responsabilidad a la hora de marcar sus elegidos, que estarán a cargo de administrar la cosa pública por los siguientes cuatro años.
El electorado debería definir un perfil de candidato, para que los partidos políticos presenten alternativas que satisfagan esas aspiraciones. Penosamente, ocurre a la inversa, pues los ungidos tienen otras razones para ser escogidos para aparecer en el menú de opciones, que no se compadecen con lo que merece el país. A pesar de esta realidad, proponemos establecer algunas referencias que puedan ayudar a escoger el mejor candidato.
La primera condición es tener VISIÓN. Esta corta palabra abarca mucho, en un mundo que avanza a pasos agigantados y presenta amenazas, así como oportunidades. Los ejecutivos cantonales y provinciales deben visualizar su territorio 25 años adelante, considerando las consecuencias del crecimiento poblacional, disponibilidades de recursos hídricos, amenazas antrópicas y naturales, cambio climático, movilidad humana, evolución tecnológica en la cuarta revolución industrial de la informática, facultades y limitaciones legales, evolución económica, etnias y culturas diversas asentadas en el territorio, potencialidades y limitaciones inherentes o adquiridas y todos los factores que puedan influir en la convivencia humana.
Una vez visualizado el futuro, debe medirse la capacidad de PLANIFICACIÓN, al menos a 12 años, como lo establece el Plan de Desarrollo y Ordenamiento Territorial PDyOT, que debe ser actualizado en el primer año de gestión. Esto incluye un análisis extenso de la realidad del cantón o provincia, basado en datos estadísticos y mediciones reales, que permitan proyectar las necesidades y proponer soluciones concretas, medibles y con determinación de tiempos e inversión, de los cuales la ciudadanía resuelva las prioridades de ejecución. Es necesario verificar la convicción del aspirante a autoridad, sobre el rol que debe reconocer a la participación ciudadana, por medio de las 17 formas de ejercer sus derechos.
Seguidamente, se debe establecer la capacidad de EJECUCIÓN del candidato, que conlleva conocimiento sobre el tramado legal que rodea la gestión, procesos de contratación, formulación de ordenanzas, gestión financiera, relaciones laborales, transparencia, honestidad, conexión con el electorado, oídos para sus mandantes y calificados asesores, sensibilidad para las críticas fundadas, dinamismo y liderazgo, para llevar a feliz término lo planificado.
Estos tres elementos permitirían calificar la idoneidad del futuro Alcalde o Prefecto para la función. Los discursos altisonantes de barricada, no aportan referencias que permitan entender las intenciones y capacidades del orador. Más bien, confunden intencionalmente al elector, con la intención de lograr una reacción emocional que le favorezca, antes que evidenciar propuestas bien fundamentadas que sean realizables. Las campañas se han convertido en concursos de oratoria y subastas de votos, en los que los votantes, inconscientemente, ponen a disposición su voto al mejor postor.
Los requisitos formales e informales para presentarse como candidatos, son cada vez menores, mientras que los beneficios ilegítimos que ofrece el ejercicio del cargo, son cada vez mayores, lo que motiva la presencia de muchos candidatos. Los ciudadanos podemos y debemos poner las reglas del juego, demandando exposiciones claras sobre los temas referidos. Los candidatos deben exponer sus propuestas por escrito, con cifras, datos verificables, tiempos, métodos, financiamiento, etc. Los electores deberíamos contrastar con otras fuentes y otras propuestas, y rechazar los intentos de vendernos humo con discursos populistas y soluciones demagógicas. No nos dejemos engañar como niños.
¡MERECEMOS RESPETO! (O)