Mientras los habitantes de nuestro hermoso país seguimos combatiendo al indomable virus, fuimos sorprendidos por un fenómeno natural, especialmente en las zonas altas de nuestra geografía, que se alinea con los efectos del calentamiento global, provocando altas y bajas temperaturas, por fuera de los límites históricos. Mientras en una parte del globo terrestre las temperaturas exceden los 40 grados, en otras descienden por debajo de menos 40 grados centígrados, acompañadas por fuertes precipitaciones, nieve, vientos huracanados y los consiguientes daños colaterales en servicios básicos, exponiendo a personas en su integridad física.

Ecuador tiene el privilegio de estar ubicado sobre el macizo andino, adornado con un centenar de volcanes activos, y alturas por sobre seis mil doscientos metros sobre el nivel del mar. Este entorno conlleva riesgos que debemos comprender y “gestionar”, para poder habitar sin exponernos a eventos destructivos que pueden darse, en caso de no advertir dicha realidad. Los territorios, a nivel nacional, provincial, cantonal y parroquial, deben organizarse anticipadamente a la ocurrencia de fenómenos previsibles, para determinar cuáles son, donde están ubicados y visibilizarlos con oportunidad, para establecer un plan de acción destinado a prevenirlos y preparar a la población para que sea “resiliente” (capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador, o un estado o situación adversos) a estos riesgos.

Estadísticamente, la provincia de Cotopaxi está expuesta principalmente a riegos de incendios, deslaves, movimientos sísmicos, inundaciones, ventarrones, erupciones volcánicas, entre otros. La ocurrencia de estos fenómenos naturales está claramente identificada. Seguidamente, es necesario determinar las vulnerabilidades de cada territorio frente a cada amenaza, recogiendo los datos estadísticos disponibles, analizando los asentamientos humanos en los posibles sitios de ocurrencia. Con estos elementos, es posible determinar el RIESGO a que está expuesto determinado territorio. La fórmula R = A X V donde R es riesgo, A es amenaza y V es vulnerabilidad, permite cuantificar el riesgo. Generalmente, la amenaza no puede ser modificada, pues son fenómenos naturales que no obedecen a la voluntad del hombre. Mientras que la vulnerabilidad depende mayoritariamente del ser humano, y puede ser modificada.

Los asentamientos humanos se dan, históricamente, buscando la mayor comodidad del hombre, por razones paisajistas, cercanía a fuentes de agua, protección de corrientes, acceso a zonas agrícolas, condiciones climatológicas, etc. sin establecer los riesgos que la ubicación escogida tengan. Particular predilección de los pueblos, son las carreteras y ríos, para ubicarse preferentemente al borde de estos, lo cual conlleva a una densidad alta con el paso del tiempo. La vulnerabilidad de estos asentamientos es alta y difícil de mitigar.

Una vez que se cuenta con la cuantificación del riesgo, se debe determinar una “agenda de reducción de riesgos” lo cual es equivalente a decir que se va a reducir la vulnerabilidad, lo cual por efecto de la fórmula, conlleva a reducción del riesgo. Esta reducción incluye elementos estructurales (muros de contención, diques, puentes, etc.) y no estructurales (capacitación, organización, alertas tempranas, monitoreo, etc.) que deben implementarse sin esperar la presencia del fenómeno.  Parte importante de esta estrategia es la prevención, que incluye planificar los asentamientos humanos, reduciendo al mínimo posible la vulnerabilidad, pues la reducción de aquellos asentamientos inadecuados es mucho más difícil, costosa y menos factible.

Por consiguiente, la ocurrencia de fenómenos lamentables como los ocurridos en el sub trópico de Cotopaxi, o la zona residencial de Quito, son la crónica de una muerte anunciada, que pudo ser prevenida. Evidencia suficiente para considerar lo importante de la “gestión de riesgos” que no ha pasado de ser un modismo incomprendido que debe ser activado para evitar estos desastres. Todavía podemos corregir este error.

¡GESTIONEMOS NUESTROS RIEGOS! (O)