En medio de la pandemia que ha asolado el planeta y debilitado fuertemente la economía, en Ecuador empiezan a aparecer personajes tristemente conocidos por su permanente obsesión por alcanzar un puestito en el sector público, que sea idealmente  de elección popular y con “harto” poder, para justificar el sacrificio que quieren ofrendar por la Patria. Sin respetar el momento de emergencia sanitaria que vivimos, aparecen bien bañados, peinados, perfumados y con poses de “yo sé lo que hay que hacer”. No tienen empacho en criticar cualquier cosa, venga de quien venga, para inducir al incauto y atribulado ciudadano a creer ciegamente en su discurso reciclado, que no tiene límite en lo que ofrece.

Los mismos “auto-candidatos” son buenos para cualquier función. Han perdido elección tras elección y siguen con la frente en alto, caminando con gallardía para ocultar la incompetencia. Es cuestión de ajustar el discurso para la nueva aventura política. Al fin y al cabo, los ciudadanos “oyen pero no escuchan” y se dejarán impresionar por el tono de voz, la pinta y el morbo que despierte la alocución. Mientras más escandalosa sea la “denuncia” para demostrar la honestidad del aspirante, más atención captará del respetable.

Estos eternos candidatos, buenos para cualquier función, se han pasado “deshojando margaritas” desde la última elección, repitiendo una y otra vez “me quieren… no me quieren…”, a sabiendas de que no tienen méritos para seguir insistiendo. Lamentablemente, no saben hacer otra cosa. Solo les queda la esperanza de que el pueblo se olvide de sus fracasos y les den otra oportunidad, con el juramento de hacer las cosas bien. A su favor tienen la memoria frágil del electorado, que tiene un alto nivel de ingenuidad para “comer cuento” y absolver de culpa a aquellos que salieron bien enlodados, gritando a voz en cuello ¡es persecución política!

Con o sin pandemia, deberemos llegar inexorablemente a “escoger los nuevos salvadores de la Patria” de un escaso menú presentado por un puñado de organizaciones políticas en plena decadencia, que se reinventarán con los mismos fracasados dirigentes, acomodando su discurso a las actuales angustias y prometiendo dejar de hacer lo que ellos señalan como las causas de la triste situación que vivimos. Nos ofrecen más de lo mismo, que nos han dado por los últimos 48 años de petroleros. El despilfarro seguirá. Los actos de corrupción no cesarán. Los enriquecidos fugarán amparados por las leyes acomodadas por los mismos delincuentes organizados para no dejar rastro y poder jactarse, desafiando al mundo que les prueben el delito.  

Esta historia se ha repetido tantas y tantas veces, que sabemos de memoria el desenlace, mientras las clases mayoritarias siguen esperanzadas en una limosna que el gobernante de turno les lance desde el balcón presidencial o curul legislativa. Pseudo dirigentes de las clases desposeídas, no tienen empacho en envalentonarse frente a una muchedumbre desesperada por una esperanza de solución y ofrecer desterrar esa injusticia, soliviantando sus espíritus para hacer una demostración de fuerza que -al final del camino- les servirá de plataforma para lanzar su propia autocandidatura  y engrosar las filas de los beneficiados por el servicio público.

Esa clase política ha fracasado. La pandemia ha cambiado nuestras vidas y la administración de nuestros escasos recursos económicos no puede seguir inspirada en el populismo, la demagogia, el clientelismo, la corrupción y las decisiones tomadas a espaldas del pueblo. Necesitamos un nuevo orden político, adaptado al mundo actual. Debemos construir un país sostenible con el tiempo y que abra oportunidades para las nuevas generaciones. Demos un golpe de timón a nuestra realidad. Notifiquemos a los políticos de toda la vida que “ya nos les queremos”(O)