La Constitución de Montecristi, concebida muy lejos del territorio ecuatoriano, fue aprobada hace once años, con el autoritarismo de una mayoría servil al proyecto político identificado como Socialismo del Siglo XXI, inspirada en la novela escrita por Heinz Dieterich Steffan, asumida por el desubicado Hugo Chávez, que no podía evidenciar su apego al comunismo castrista, aferrado al petróleo venezolano en su lenta pero segura agonía. Un elemento fundamental de este experimento teórico político es la “participación ciudadana” que promulga el poder ciudadano, y ubica a los gobernantes como mandatarios que deben ejecutar su voluntad, expresada de manera protagónica en la toma de decisiones y rendición de cuentas. Suena romántico y nos pone a soñar en ejercer el poder desde nuestra posición de simples ciudadanos.

Apenas un año más tarde, se promulgó el Código Orgánico de Ordenamiento Territorial, Autonomía y Descentralización (COOTAD), que determina competencias específicas para cinco niveles de gobierno (al momento solo funcionan cuatro) y desvincula al Gobierno Central de la prestación de servicios y otras actividades que tienen poco interés político para los autores intelectuales de este modelo. Finalmente, se profundiza la participación ciudadana en la Ley del ramo, con lo cual se termina de marcar la cancha en que se debería desenvolver el ejercicio de los gobiernos seccionales. Tras diez años de vigencia de este marco conceptual de poder para los ciudadanos, podemos evaluar si nuestra realidad ha cambiado en algo.

La respuesta es corta y lapidaria: nada ha cambiado. Se mantienen los esquemas feudales de gobierno seccional heredado desde la época colonial, con ninguna participación de los ciudadanos en la toma de decisiones y peor aún en la rendición de cuentas. Los ciudadanos no nos hemos empoderado del rol fundamental que nos corresponde, ni las autoridades se han tomado la molestia de capacitar a la ciudadanía y construir la participación en la manera lírica que contempla nuestra estructura político – administrativa, que mientras se encuentra vigente, deberá ser acatada por gobernantes y gobernados. 

Siendo la esperanza lo último que se pierde, un pequeño grupo de soñadores empezó a recorrer este camino abandonado, de la mano del Grupo Faro con apoyo de la GIZ de Alemania, con la ilusión de construir la “agenda ciudadana” con enfoque en los derechos humanos, la resiliencia y el cambio climático. Parecía que la meta estaba muy lejana. Pero el optimismo de mujeres y hombres de distintas edades, experiencias y visiones, permitió descubrir el potencial que tiene la población y su predisposición a colaborar de manera efectiva y desinteresada en busca de un futuro mejor. Poco a poco, los sueños de niños, adultos y adultos mayores fueron tomando forma, hasta que llegó el día de alumbramiento. ¡El jueves 23 de julio de 2020 es el día en que despertó la ciudadanía!

La Agenda de Acción Ciudadana Latacunga salió a la luz para poner a consideración de la ciudadanía un resumen de las aspiraciones que se visualizaron desde todos los rincones de la ciudad.  Les invito a soñar unos minutos y palpar el sentir de la comunidad. Accediendo a www.latacungaresiliente.com podrán apropiarse de uno o todos los doce proyectos que conforman por el momento esta primera etapa. Es la mejor oportunidad de “actuar” para construir una nueva realidad, a nuestro gusto. Así se podrán plasmar en realidades nuestros derechos, y exigir que las autoridades cumplan con su obligación de garantizarnos, sumando la corresponsabilidad de los ciudadanos. Cerrado el círculo, podemos lograr los cambios anhelados, a nuestra medida.

Ha despertado la ciudadanía, y nunca jamás deberá volver al letargo. Esta vida es nuestra y el futuro dependerá de que hagamos lo necesario para preservar lo bueno y cambiar lo malo. ¡Juntos podemos!(O)