Luego de soportar una terrible pandemia por más de veinte meses, gracias a un esfuerzo conjunto público privado, parecía que se logró detener la capacidad destructiva del indeseado virus y los ánimos se alinean para enfrentar la tarea de reconstruir la maltrecha economía. La desocupación no puede continuar. Los ecuatorianos somos gente de trabajo y necesitamos oportunidades para salir adelante. El pueblo demanda respuestas, tanto del Ejecutivo como del Legislativo.

En este contexto, el presidente hizo uso de la facultad de presentar una reforma tributaria con carácter de urgente, para que en el plazo improrrogable de treinta días la Asamblea lo apruebe, niegue o modifique. El Consejo Administrativo de la Legislatura lo devolvió abrogándose funciones (que no tiene) para calificar la constitucionalidad del mismo, bajo el argumento que un proyecto de urgencia económica únicamente puede referirse a una materia. Ignoraron la argumentación del Presidente que sostenía que la materia era la “reactivación económica” y todo el cuerpo se relacionaba a ella.

Pacientemente, Lasso dividió el proyecto y remitió uno simplificado, honrando una invitación de la presidente Llori para que lo haga y sea atendido. Raudos y veloces, los miembros de la Comisión tramitaron los informes para primero y segundo debate, recibieron los aportes abreviados de cuantos colectivos se hicieron presentes en las instancias que se permitió la visita, que no pasaba de ser un saludo a la bandera y legitimación con una supuesta sociabilización. Una veintena de legisladores se dieron el tiempo de intervenir con vehemencia en el plenario, exponiendo sus profundos conocimientos para ser escuchados por sus coidearios.

Sería ilustrativo medir el costo que tuvo el tratamiento abreviado de esta compleja reforma en los días de suspenso que tuvimos, en espera de resultados. Las especulaciones estaban a la orden del día. Hasta que llegó la hora de la votación final en el plenario, la tarde del viernes 26 de noviembre. Primera sorpresa, el presidente y vicepresidente de la Comisión que tenía a su cargo los informes para debate, habían tomado el camino hacia España, sin que les importe las consecuencias de su ausencia y compromiso con el país. Increíblemente, debió improvisarse la presentación del informe de mayoría por medio de un asambleísta de Creo, que no alcanzó la votación para ser aceptada.

Cundía el desconcierto entre los Padres de la Patria y un iluminado mocionó votar sobre el informe de minoría, pescando a río revuelto. Los resultados fueron vergonzosos, nuevamente. Una vez más, surgió la luz desde las tinieblas y se mocionó votar por el archivo del proyecto (¿original o modificado en la comisión?) Bastó aquella audaz propuesta, para que se active el “tercer acto” que siguiendo el manual de Macchiavello nos sugiere que era el objetivo final de los movimientos planificados detrás de bastidores. Esto es, la “desaparición” de los compañeritos amigos del Belga, quienes se arrinconaron en un pasillo para no ser considerados en la votación. Gracias a lo cual, se negó el archivo.  

En conclusión, no existieron los votos necesarios para aprobar, negar o modificar el proyecto. La elemental consecuencia es que este entraría en vigencia por Ministerio de la Ley, y colorín colorado… Los ciudadanos nos quedamos absortos, sin querer aceptar la forma tan irresponsable con que se manejan los destinos del país. Nos preguntamos ¿Cabe aceptar el sainete montado para engañarnos, burlando su obligación de legislar?  

Es indignante que debamos esperar casi dos meses para que salga una ley tan importante, sin que cuente con ningún valor agregado por el Legislativo. ¿Quién rinde cuentas del despilfarro de recursos que le cuestan al pueblo ecuatoriano? Es vergonzoso el papel de Asambleístas.

¡NO NOS AYUDEN COMPADRES!