Son pocas las veces que comparto esta historia, quizá por el mal recuerdo que evoca y también porque me molesta admitir que pude haber puesto un alto desde el principio. Sin embargo, también creo que es necesario compartir esta experiencia porque quizá hay alguna otra persona que está pasando por lo mismo y se sienta identificada.

Llegué a escribir artículos por curiosidad, por motivación y por la convicción de compartir mis emociones y vivencias con más personas. Meses después de haber empezado aquella travesía, recibí mi primer correo de un lector. No puedo negar que mi reacción inmediata fue alegría al leer sus felicitaciones y no dudé en responder con un sincero agradecimiento. Días más tarde, tenía otro correo, esta vez con una invitación a comer. No conocía en absoluto a aquel hombre, por lo que me limité a no responder y continuar con mi vida.

Semanas después, un nuevo correo del mismo remitente, esta vez con halagos sobre mi apariencia, me había visto pasar por la calle… Yo no lo conocía, pero por lo visto el sí me identificaba. ¿Cómo explicar aquella sensación de sentirme observada por un completo desconocido? Procuré pensar que era una casualidad, mantenerme tranquila y continuar con mis actividades.

En aquel entonces tenía una tienda de artesanías y regalos personalizados, por lo que mi jornada iba desde la mañana hasta la tarde. Cierto día, un individuo entró a la tienda con el propósito de ver un regalo de cumpleaños. Aquel hombre mostraba un comportamiento peculiar; trataba de ser gracioso, pero no lo era; quería ser agradable, pero resultaba pesado… No me generaba confianza y lo único que esperaba era que se fuera. Después de varios largos minutos, finalmente había decidido un regalo y al momento de pagar se identificó como el remitente de los correos. Recibí con recelo aquella noticia y me limité a entregar su pedido. Sin embargo, resulto ser el primer encuentro de muchos otros más…

Resultó ser todavía más inoportuno por sus continuos mensajes en los que intentaba entablar conversación y peor todavía sus insistentes llamadas a la madrugada diciendo que me amaba y preguntando dónde vivía porque quería visitarme. Debo ser clara en este punto, jamás di señales de correspondencia, me limité a no responder y en el caso hacerlo, le enviaba mensajes con negativas aduciendo que no me sentía cómoda, que dejara de escribirme o llamarme.

Los rechazos por teléfono no fueron suficientes, después iba incluso a mi negocio con la intención de disculparse, de entregar regalos que jamás acepté y de pretender una amistad donde había solo incomodidad. Fue tal frecuencia de sus llamadas y visitas que llegué al punto de sentirme intranquila en mi propio lugar de trabajo, de caminar por las calles sin calma y de vivir con permanente desconfianza cada vez que sonaba mi teléfono. Pretendía no exagerar la situación, pero lo cierto es que no podía continuar con normalidad mi día, tenía miedo de que aquel individuo apareciera de repente. ¿Era eso normal?

Decidí compartir con mi círculo cercano aquella situación. Algunos me dijeron que estaba exagerando, que yo era la culpable de su comportamiento, aquel pobre hombre solo estaba enamorado, debía dejarlo pasar. Otros, afortunadamente, me apoyaron y me animaron a que tomara acciones más radicales. También descubrí que no era la única a la molestaba aquel hombre; otras mujeres habían pasado por lo mismo y para empeorar la situación aquel personaje tenía antecedentes de agresividad, conflictos personales y una serie de juicios por estafa.

Con toda aquella información y todavía más aterrorizada, decidí tomar cartas en el asunto. Debo admitirlo, en un principio, antes de proceder a una instancia legal irónicamente era yo la que tenía miedo e incluso vergüenza, como si yo fuera la que actuó mal. Tenía suficiente evidencia y logré conseguir una boleta de auxilio. Estaba consciente de que dicho papel quizá no frenaría a aquel individuo y existía el riesgo que fuera contraproducente, pero a mí me dio la fortaleza de no soportar más aquel acoso y poner un alto.  Para mi fortuna, la reacción que recibí de aquel hombre fue un reclamo telefónico cargado de indignación aduciendo que él tan solo quería ser mi amigo y que mi accionar lo había puesto en vergüenza con su familia. No me importó, estaba cansada de vivir hostigada e intranquila.

Cinco años más tarde, en mi nuevo local, apareció nuevamente con las intenciones de tomarse un café. Días después de aquel traumático encuentro yo salía del país, aunque eso no impidió que me volviera a enviar mensajes, incluso también a Francisco.  Por fortuna, esta vez los bloqueos de las redes sociales fueron suficientes y no he vuelto a ver a aquel individuo.

Es verdad, mi historia en nada se parece a las atroces experiencias de acoso sexual o maltrato que otras mujeres desgraciadamente han tenido que pasar, pero siempre hay un inicio y mucho depende de cómo se actúa ante ello. Esta experiencia me dejó la enseñanza de que absolutamente nadie puede atentar contra nuestra tranquilidad, que las insistentes llamadas, los constantes mensajes y las aspiraciones sentimentales por más románticas e inocentes que parezcan, sin nuestro consentimiento, SON ACOSO.(O)