Es una de las frases más reconocidas en el ámbito romántico pero también de literatura y musical, y muy difícil de entender, por cuanto parecería ser un juego de expresiones, o en su defecto una especie de contradicción entre lo eterno y efímero.
Precisamente podríamos adecuarle a los seres queridos que se nos adelantaron y que independientemente de su partida el sentimiento y pasión más grande del ser humano sigue vigente y latente, que es inalterable y permanente.
La ausencia física duele y carcome el alma, es inentendible, no tiene edad, puede ser en cualquier momento, no depende de condicionamiento alguno, o de situaciones especiales que generen salvamento alguno, por cuanto todos estamos en ese camino, lo que desconocemos es el momento, pero tenemos como algo inalterable que surge desde nuestro alumbramiento.
El recuerdo es lo único que nos mantiene de pie, ese regocijo de haber compartido momentos que se ubicarán en nuestra memoria, aquellos que a pesar de que duran poco son intensos, brillantes y a veces espontáneos.
Nos acostumbramos a no pensar en la partida, solo en la eternidad, a veces no nos detenemos en meditar sobre la ausencia, solo radicamos nuestra existencia en la presencia y acostumbramos a dejar de lado este fatalismo porque la vivencia es tan ardua que esos espacios de tristeza no tienen ninguna cabida.
El tiempo cronológico pasa por el tiempo, por la experiencia, por el transcurrir del tiempo, avanzamos, envejecemos y somos como la corteza de los árboles porque habrá otras generaciones que seguirán sumando a la materialidad del ser viviente, pero sobrepasarán y se enterrarán en el olvido, que es la muerte más fatal de la coexistencia.
El tiempo fisiológico, aquel que se detiene en un momento donde la ida es una camino sin retorno, donde se quedan los instantes, donde se remiten a las fotografías y a las captaciones momentáneas que solo quedan registradas.
Nuestros seres queridos se detuvieron en ese segundo, en esa acción y las vemos, las tocamos y retocamos, pero se fueron, se nos hace difícil entender que ya no están, que esa materialidad se encuentra en un lugar específico pero que su energía, su alegría, se esfumó como el viento en las manos.
Compatibilizar una realidad que es ya no tenerle cerca físicamente, con su naturaleza de recuerdo únicamente, dura mucho tiempo, tal vez nunca se termina de entender, y pasa el tiempo, se morigera el duelo, pero sigue en un espacio nuestro como hilos que arrancan y lastiman.
Será solo con el tiempo, pero con la FE que podemos esperar como una fila interminable, para encontrarnos en la misma situación, porque todos estamos encaminados en ese sendero… ¡nadie se salvará!
No hay edad, no hay etnia o condición económica que difiera o regula su excepcionalidad, tal vez el único espacio donde todos somos iguales, nadie se diferencia uno con otro, sino que al contrario, todos sentiremos lo mismo: ese dolor insuperable, inaguantable e inimaginable.
‘EL AMOR ES ETERNO MIENTRAS DURA’
Si lo es, eso nos mantiene de pie, con fuerza seguimos aunque la explicación sea insuficiente, porque a pesar de ser un sueño eterno debidamente esperado, no confortaremos nuestro pesar, eso es imposible.
En vida todo, de muerto nada; pero las rencillas, la venganza, la miseria del desquite no pueden ser conductas compatibles con la pequeña vida que tenemos, porque es un desperdiciar de tiempo, no sirve, no vale la pena.
Las culpas tampoco son necesarias, porque generan en el ser humano la infelicidad, la impotencia de acceder a vivir, no solo de momento sino de manera eterna.
Por eso aquellas acciones que hiciste quedarán, no serás recordado porque tenías los bienes materiales, tampoco porque tenías el Poder, ya que somos seres determinados y finitos, con un principio y fin, y con la oportunidad de trascender, en lo espiritual y solidario.
Las redes ahora son demostraciones de la perversidad del ser humano, donde se desahogan los sentimientos más inicuos, más malignos, porque se esconden frustraciones y a pretexto de opinar, solo agreden y lastiman.
Estas épocas dedicadas al recuerdo de quienes se fueron antes que nosotros, son espacios de reflexión, porque a pesar de que no están juntos a nosotros, no significa que no tengan respeto por su memoria; sino que al contrario deben ser aprovechados para nuevamente ponernos al día, que el ser físico se dañará en algún momento.
Hoy es la valía del ser humano, ni pasado ni presente, pueden generar la expectativa, porque no conocemos si llegaremos con nuestra existencia hasta el siguiente día, ya que la voluntad Divina o de un Ser Superior está por encima de la decisión o ambición individual.
Para todos aquellos que son parte de nuestra vida, pero que recordamos con cariño y afecto, estas pocas palabras, porque se merecen todo el amor que nos mantiene de pie, a pesar del dolor de su muerte.(O)

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